
Verba volant, scripta manent, sentenciaron los antiguos. Pero como bien sabían que los scripta no valen nada sin el oro de la intención de darles vida, acuñaron un elegante oxímoron, aplicado también a la misma escritura: In aqua scribere, «escribir en el agua».
Erasmo pensaba en todo eso cuando incluyó In aqua scribis (1.4.56) entre los adagios antiguos que hablan de acciones inútiles –junto a Aethiopem lavas, lavar al negro, Ferrum natare doces, enseñar a nadar al hierro, Cribro aquam haurire, sacar agua con un cedazo, Parieti loqueris, hablar a la pared, y tantos otros que llenan más de la mitad de la Centuria 1.4 de sus Adagia y que János Baranya Decsi agrupó en su edición húngara de 1598 bajo el marbete Haszontalan dolgot czeleködni - hacer cosas ociosas.
Erasmo ilustró este adagio principalmente con fuentes griegas. En La travesía o El tirano, de Luciano, Hermes le advierte a Caronte, el barquero del Hades: «Bromeas o, como dicen, escribes en el agua si esperas recibir el óbolo de Micilo» (21); y Platón en el Fedro (276c) dice que el «experto en la verdad, la belleza y la bondad» nunca escribe con su pluma sobre el agua negra. Y más aún: Erasmo menciona un verso del comentario de la comedia de Aristófanes, Las avispas como un proverbio independiente: Ἀνδρῶν δὲ φαύλων ὄρκον εἰς ὕδωρ γράφε - el juramento del malvado se escribe en el agua. Cita asimismo autores latinos, sobre todo a Catulo (70,2-3):
| … Mulier cupido quod dicit amanti In vento et rapida scribere oportet aqua. |
| … Lo que una mujer dice a un amante apasionado hay que escribirlo en el viento y en el agua corriente. |
Ya vimos que los antiguos proverbios reprobatorios adquirieron a menudo un tono positivo precisamente en tiempos de Erasmo. Así ocurrió con la metáfora de «escribir en el agua». El propio Erasmo tuvo parte de culpa en ello cuando destacó que Cristo aparece escribiendo una sola vez en los Evangelios, y en este único caso —Juan 8:3-11, la mujer adúltera— escribe en el polvo. Los fariseos preguntan a Jesús si deben lapidar a la mujer, según la ley de Moisés:
Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en tierra. Como ellos insistieran en preguntarle, se incorporó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado arrójele la piedra el primero. E inclinándose de nuevo, escribía en tierra. Ellos, al oírle, fueron saliendo uno a uno, comenzando por los más ancianos, y quedó Él solo y la mujer en medio. Incorporándose Jesús, le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Dijo ella: Nadie, Señor. Jesús dijo: Ni yo te condeno tampoco; vete y no peques más.
Los humanistas del Renacimiento llenaron tomos de conjeturas acerca de qué escribió Cristo en el polvo. Algunos exégetas señalaron que esta escena contiene una referencia a Jeremías 17:13: «Todos los que te abandonan quedarán confundidos; quienes se apartan de Ti en la tierra serán escritos, porque abandonaron a Yahveh, fuente de aguas vivas». Pero todos concuerdan en que sea lo que sea que escribió Jesús, no sería algo ocioso. Al contrario, como apoya Mt 24:35: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».
La metáfora de la palabra escrita en materia lábil pero que permanece para siempre arraigó así profundamente en la literatura (recordemos solo el conocidísmo orgullo con que Horacio alude a la permanencia de sus versos: «Exegi monumentum aere perennius» - He levantado un monumento más duradero que el bronce, Odas III 30.1). Rudolf Wittkower, en Nacidos bajo el signo de Saturno, describe en detalle cómo la idea del artista inspirado por la divinidad, el artifex y el poeta divus, se desarrolló desde principio del siglo XVI cargándose con notas de sacralidad que antes se reservaban solo a Dios. Y este motivo, así transformado en positivo, seguirían aprovechándolo los poetas modernos —ay, la vanidad—para simbolizar la inmarcesibilidad de sus palabras. Encontramos la metáfora expandida en el Soneto 75 de Edmund Spenser (1552-1559):
| One day I wrote her name upon the strand, But came the waves and washed it away: Agayne I wrote it with a second hand, But came the tyde, and made my paynes his pray. “Vayne man,” sayd she, “that doest in vaine assay. A mortall thing so to immortalize, For I my selve shall lyke to this decay, and eek my name bee wyped out lykewize.” “Not so,” quod I, “let baser things devize, To dy in dust, but you shall live by fame: My verse your vertues rare shall eternize, And in the heavens wryte your glorious name. Where whenas death shall all the world subdew, Our love shall live, and later life renew.” |
La imagen se difundirá tanto desde el Romanticismo que bastará con exponerla a medias, mencionar la escritura de un texto sobre un material perecedero o efímero, para que se evoque el significado de eternidad con tanta fuerza como antes significó transitoriedad para los antiguos. «Escribir en el cielo cuando todo se ha roto», apuntó Radnóti en el lager, concentrando en una frase los dos elementos del motivo.
Con todo, el mejor ejemplo de la nueva interpretación del adagio se encuentra en el epitafio de Keats, en el Cementerio Protestante de Roma. Este duro epitafio nos comunica que el joven poeta, amargado por el poder malicioso de sus enemigos, quiso que solo figurara en su lápida: Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua.
This Grave contains all that was Mortal, of a Young English Poet, Who, on his Death Bed, in the Bitterness of his Heart, at the Malicious Power of his Enemies, Desired these Words to be engraven on his Tomb Stone: Here lies One Whose Name was writ in Water.La historia de la literatura inglesa sostiene que este dicho puede rastrearse en un verso del Philaster de Beaumont y Fletcher (1611) —All your better deeds Shall be in water writ— que alude a la vanidad de los esfuerzos humanos más nobles. Pero nosotros pensamos que si leemos este epitafio romántico a la luz del recorrido histórico de la imagen que usa, realmente se está afirmando la inmortalidad de la obra del poeta, que triunfa sobre cualquier mal mundano y transitorio. Bajo esta misma luz nos parece que se lee mejor la paradoja contenida en los versos famosos de Antonio Machado: «Caminante, son tus huellas/ el camino y nada más./ Caminante, no hay camino,/ se hace camino al andar.../ Caminante, no hay camino/ sino estelas en la mar» (Proverbios y cantares, XXIX).


