15 diciembre, 2025

Peces del mar

Para Tamás,
en su cumpleaños
 
Cuando viene Tamás a Palma oficiamos dos rituales que aseguran la felicidad de los días que pasaremos juntos. Primero nos paramos, en el camino del aeropuerto a casa, en el Varadero a tomar una cerveza mirando la Catedral y el skyline de Palma desde el antiguo Passeig de la Riba.
 
El dique que construyeron delante del palacio de la Almudaina se fue convirtiendo poco a poco en el «Passeig de la Riba» un lugar favorito del los palmesanos porque era continuación, mar adentro, del Born. Pronto le añadieron un kiosco que se hizo muy popular como lugar de encuentro (abajo). Hoy los autobuses trasladan hasta aquí a los turistas que llegan en los cruceros para empezar la visita a la ciudad. Esta foto está tomada donde ahora está el bar Varadero.
 
El paseo fue ampliándose con el tiempo. A la espalda del fotógrafo quedaba el «far de la Riba» (de Fotos Antiguas de Mallorca)
 
El segundo sortilegio, también con un motivo marino, es preguntarle —retóricamente— «¿qué te apetece comer?», a lo que invariablemente la respuesta es «¡Un pescado del mar!». Quizá la gula le hace perder a Tamás por un momento la extrema sensibilidad lingüística que le caracteriza y no advierte el pleonasmo de decir en Mallorca «pescado del mar», como si hasta aquí llegara el Danubio o él trajera consigo a cuestas el lago Balaton. Yo juraría que es imposible comprar pescado fresco en Mallorca que no sea de mar, y algunos mallorquines hasta deben ignorar que en esas extrañas aguas insípidas de tierra adentro pueda haber algo comestible.
 
En cambio, hace ya muchos años, viajé hasta Budapest con un poco de mar a cuestas. Eran dos grandes cajas de doradas que metí allí de contrabando. A las 6:30 de la mañana fui al Mercat de l'Olivar y compré ocho doradas de ración, conseguí dos cajas de porexpán del laboratorio de análisis clínicos del hospital central de Palma, me las llenaron hasta la mitad del hielo seco que usan para transportar las muestras sanitarias, coloqué cuatro doradas en cada caja, lo envolví todo con cinta americana y me fui con ellas al aeropuerto como si fueran dos maletas más. La banda transportadora las engulló y las doradas viajaron felices sin ningún sobresalto ni necesidad de enseñar el pasaporte en la bodega de un avión de Wizzair. Yo estaba convencido de que nunca más las volvería a ver pero aparecieron intactas en la entrega de equipajes del aeropuerto de Budapest. Y no solo las vi, sino que nos las zampamos a la noche, cocinadas a la mallorquina en el horno de casa de Tamás.

Mayor hazaña que la mía fue, desde luego, la del director de circo que trasladó hasta la llanura húngara una ballena para exhibirla mientras se pudría lentamente en el tráiler de un enorme camión (no hay cajas de porexpán tan grandes ni suficiente hielo). Pero en aquel caso la presencia del animal marino acabó provocando un oscuro estallido de violencia extrema entre los vecinos del pueblo. La inquietante historia la filmó Béla Tarr en Armonías de Werckmeister (con guión de László Krasznahorkai, 2000).

Los animales marinos tiene costumbres ignotas y a veces se comportan caprichosamente, yendo y viniendo sin necesidad de que nadie los lleve ni les diga dónde han de ir. Desaparece una especie de los caladeros y no se pesca ni un alevín hasta que de manera igual de imprevista vuelven a aparecer y llenan las redes de los pescadores. 

Y algunos peces incluso se enamoran tan arrebatadamente que pierden hasta las ganas de seguir nadando. Alle de Wercken van den heere Jacob Cats, 1655, p. 32

A veces los peces se nos vienen encima en forma de lluvia, como se asombraba Séneca en las Naturales Quaestiones Quid quod saepe pisces quoque pluere visum est?...», I, 6, 2-4), o Ateneo en Deipnosophistae Ferunt etiam pisces de caelo decidisse, ut in Paeonia et in Dardania, atque in regione Chaeroneae...», VII, 331e-f); y luego a su estela tantos relatos plagados de mirabilia desde la Edad Media al Barroco: Isidoro de Sevilla (Etymologiae XIII, 7, 7), Alberto Magno, Cardano, Kircher... O por ejemplo Olaus Magnus en su libro sobre las regiones inexploradas del Norte (1555):

Olaus Magnus, Historia de gentibus septentrionalibus, lib. XX. «De piscibus» - Cap. XXX. «De lapsu Piscium, Ranarum, Murium, Vermium, & Lapidum», p. 726

Que yo sepa nunca han llovido ballenas. Pero sí es bien conocido que estos animales son proclives a dar sobresaltos a las poblaciones costeras apareciendo por sorpresa en las playas y, con frecuencia, eligiendo una zona poblada para ir a pasar sus últimas horas y morir allí ante el espanto de la gente. Una de las historias más interesantes de este tipo podría ser la de la bestia a la que los súbditos de Justiniano I (527-565) bautizaron Porfirio y que aterrorizó durante más de sesenta años a todas las naves que se acercaban a Constantinopla. Lo cuenta Procopio de Cesarea en su Historia secreta y en la Historia de la guerra (véase un resumen en Anthony Kaldellis, A Cabinet of Byzantine Curiosities, Oxford University Press, 2017), dando detalles sobre su enorme tamaño y ferocidad. Porfirio atacaba indistintamente a pescadores o navíos de guerra y los hundía de un coletazo. A pesar de los intentos de acabar con ella promovidos por el propio emperador (a quien lamentablemente no se le ocurrió rezar al san Rafael etíope), Porfirio solo cesó en sus fechorías un día en que, persiguiendo a unos delfines, embarrancó en unos bajos lodosos a la entrada del Mar Negro y ya no consiguió volver aguas adentro. Los ribereños, alertados, acudieron volando con hachas y cuchillos hasta el lugar pero con estos instrumentos apenas atravesaban su piel. Al final pudieron atarla y arrastrarla penosamente a tierra firme, donde la descuartizaron y muchos de ellos, allí mismo, montaron una alegre y abundantísima barbacoa. Cabe la duda de que esta bestia fuera realmente Porfirio, pero el caso es que desde aquel día ninguna otra ballena volvió a aterrorizar el Bósforo.

Hay algunas constantes curiosas en la literatura moderna cuando aparecen ballenas varadas o cadáveres de ballena, animales inmensos descomponiéndose sin que nadie sepa cómo deshacerse de ellos. Así, es recurrente convertirlos en símbolos de un poder en descomposición o de una situación social de tensiones larvadas e irresolubles que casi ni se saben verbalizar y cuya latencia contamina el aire y la convivencia de forma irremediable. Esa es la carga angustiosa del film de Béla Tarr y también está —en un grado menor y envuelta en su característica ironía— en la historia de Eduardo Mendoza La ballena (del volumen Tres vidas de santos, 2009) con una ballena muerta en el puerto de Barcelona a finales de los años '50.

Y también es el lejano telón de fondo de una historia, más próxima, que ahora quería recordar.

Colonia de Sant Pere, Artà a principios de los '70. Así la veía Rafel Ginard en sus Croquis artanencs (1929). Era un  «...llocarró de cases diminutes, casetes de fira o de betlem, pobre i miserable, de terra magra i curta, on únicament hi prosperen els tamarells i un poc la vinya, sense gaire més patrimoni que vent salabrós, aigua de mar i sol implacable. El terrer és de call vermell, com si fos pastat amb sang i l'incendi solar que encara el crema i torra més de cada dia. Les figueres tenen les branques revellides i l'aspecte esquàlid de persones que han passada molta fam i tan mal a pler s'hi troben dins aquella tràgica marina que estan inclinades en actitud de fugir, com si diguéssim amb peu alt. No obstant, hi veureu una gota d'alegria enmig de la tristor aclaparadora: tapereres d'extraordinària magnitud que abriguen un redol com una era i qualque orla de canyes verdes que en passar-hi el vent sonen com una flauta. Els edificis de sa Colònia, disseminats en un bell desordre vora la platja descarnada i negra, plena de còdols, de recuits que són han pres un color roig tan rabiós que fa malbé mirar i contrasta d'una manera típica amb les sanefes de calç que engirentornen les finestres.» Aquí pueden verse muchas fotos antiguas del pueblo.

Estamos en el viernes 15 de enero de 1976. Desde hace menos de dos meses, Franco se está pudriendo en el Valle de los Caídos (en realidad lo estaba haciendo desde bastante antes de que lo enterraran) y en España nadie sabe muy bien qué va a pasar. Amanece en la Colònia de Sant Pere, un puertecito de pescadores de Mallorca donde no ha llegado aún la destrucción turística, muy cerca de Artà. El coronel de la guardia civil observa cómo en el agua, a pocos metros de la bocana, aparece un surtidor intermitente. En efecto, hay una ballena dando vueltas allí, cada vez más cerca del fondeadero. Es enorme. Y parece malherida. A media mañana dos barcas de pescadores, demasiado frágiles, se afanan temerosamente en evitar que el animal quede varado dentro del puerto, pero no consiguen moverlo. Hay mucha sangre alrededor. Deciden entonces que lo mejor será sacarla del agua y lo consiguen atándola con unos cabos por la cola. La ballena agonizante, sin fuerzas, solo resopla. Y seguirá viva y gemirá espantosamente cuando algunos chicos de la Colònia, junto a otros que han venido corriendo de Artà para ver el prodigio, se le trepen luego por encima. Es un jolgorio, el mejor preludio posible para la gran noche de Sant Antoni, del fuego, de la bendición de los animales y del demonio; estamos en el clímax festivo del invierno, especialmente en Artà y los pueblos del norte de la isla. A la noche, la ballena, un rorcual de unos 14 metros, está muerta, con todo su peso, sobre la escollera, adonde han coseguido arrastrarla. Y ya tenemos los ingredientes de una película que puede contarse de manera igualmente efectiva con los tonos neorrealistas, y hasta sarcásticos, de un Berlanga o con la densidad metafísica de los relatos con ballena desde Moby Dick. Aunque el carácter mediterráneo empuja con fuerza hacia la primera opción.

La Guardia Civil y la Comandancia de Marina intentando dejar rápidamente claros sus respectivos derechos y potestades sobre el cadáver del monstruo

A los dos días de la aparición de la ballena saltan todas las preguntas. De quién es, quién se encarga de todo este lío, qué puede ganar el pueblo con esta carne y tanta grasa, y con los huesos... ¿podríamos colgar el esqueleto y hacer un museo que atraiga a los turistas? ¿Por dónde empezamos? La ballena empieza a apestar. 

La mañana después de Sant Antoni, la noticia ya ha saltado a la prensa nacional. El ABC recoge las disputas por «el posible interés turístico» de exhibir un esqueleto de ballena en el pueblo, en contra del deseo de apropiársela de la Comandancia de Marina y del Instituto Oceanográfico, más la intervención menor de algunos ecologistas pioneros del GOB que tiene sus propias ideas sobre la conservación de los restos. Se intuye un panorama de toneladas de carne, sangre y el inicio de un hedor insoportable

Menos mal que en Mallorca la gente suele ser de carácter pacífico y todo fue solventándose con  buena voluntad y el benefactor punto de desidia que nos caracteriza. En otras islas una ballena varada ha provocado masacres, como la que se desencadenó hacia 1833 en Convincing Ground, Australia. Nuestro amigo Miquel Àngel Llauger acaba de publicar sus recuerdos de aquellos días que amenizaron la vida de la Colònia de Sant Pere. Tenía trece años y estaba entonces leyendo fascinado Cien años de soledad, así que su relato solo podía empezar así: «Molts d'anys després, davant el blanc cremat de la pantalla, l'escriptor seixantí recorda el capvespre remot en què son pare el va portar a conèixer la balena» (Díptic de la balena, 2025). Es una lástima que no se escribiera un reportaje en vivo de los hechos ni se conserven buenas fotografías. La verdad se relega de este modo a las memorias individuales y a la transmisión oral de quienes participaron —y de quienes creen que participaron— con las inevitables discrepancias y encendidas discusiones sobre quién hizo qué o decidió lo otro. Las fotografías recogidas en Fotos Antigues de Artà, con todo, dejan un testimonio extraordinario.

      Primeros momentos de la aparición de la ballena chapoteando débilmente en el agua ensangrentada y golpeándose contra las rocas de la escollera

La primera decisión fue engancharla a una barca y devolverla mar adentro. Los del Instituto Oceanográfico advirtieron de que el viento y las olas la volverían a llevar al mismo sitio, como así fue a pesar de que le ataron dos anclas para que se hundiera. Al cabo de una semana volvía a estar ahí pero en mucho peor estado. Se barajó también la posibilidad –clásica en estos casos– de volarla con explosivos pero se descartó por falta de medios.

Así que la «solución final» fue ir a buscar una potente excavadora (con el tractor de un vecino del pueblo no se pudo) y subirla a tierra. Un buzo con traje de neopreno se metió en el agua para atarla por la cola.
 

Y llegó el momento de ponerse en serio. Con sierras mecánicas el trabajo se convirtió en una auténtica carnicería. Grandes trozos de carne se llevaban al mar con la idea de que tan buen alimento para los peces beneficiaría la pesca. Unos cuantos se llevaron pedazos de ballena para meterlos en el congelador porque nunca se sabe cuándo hará falta comida. Otros decían que la grasa era tan buena como la manteca de cerdo.
 
Tras muchas horas de trabajo casi inútil, cuando el hedor ya hacía que hubiera que taparse la nariz con un pañuelo, se llegó, ahora sí, a la solución de la solución final. Rociar con bidones de gasolina la gran cantidad de restos que no se habían podido eliminar y prenderles fuego hasta reducirlos a cenizas. Ardió durante una semana entera.

No se calculó bien que al arder toda aquella cantidad de grasa provocaría un humo negro y, justamente, unas cenizas viscosas que se adhirieron a las paredes, persianas y ventanas de las casas, y hasta a la ropa guardada en los armarios. Durante meses hubo que estar frotando con detergente todos los rincones.

Es una incógnita qué acabó pasando con aquellos tan codiciados huesos. El Instituto Oceanográfico y la Comandancia de Marina habían desistido muy pronto de cualquier reclamación, seguramente para tampoco tener que asumir ninguna responsabilidad. Los vecinos celebraron al principio con alborozo la cesión pero en realidad habían quedado tan hartos de aquel monstruo que enseguida se desentendieron del futuro de los restos y, acabadas las fiestas de Sant Antoni, volvieron a dedicarse a sus cosas. La mancha de grasa quemada permaneció allí por mucho tiempo como único testimonio de la visita del Leviatán. Miquel Àngel Llauger dedicó unos meses a investigar qué paso con el esqueleto. Cuenta que unos cuantos jóvenes del pueblo recogieron los restos con la intención de limpiarlos y darles algún uso pero que las piezas acabaron dispersándose. El gran cráneo que se pudo contemplar unos años en un restaurante del Port de Pollença, el Restaurant Llenaire, hace tiempo que ha desaparecido. Consta que un hueso grande se lo llevó el pintor Miquel Barceló a su estudio. Del resto nunca más se supo. El monstruo desapareció dejando solo una huella negra en la tierra como desaparecen los demonios entre las brasas y las chispas de los foguerons de Sant Antoni. Más lentamente y dejando sus huesos bien localizados, Franco iba también desapareciendo durante aquellos meses.

Adrian Collaert, Piscium vivae icones (Antwerp: s.n., c.1610)
 

05 agosto, 2025

En Svaneti: la Iglesia de la Transfiguración de Lagami

«¿Tú ya estuviste aquí, cuándo fue?» Es un hombre enjuto, canoso, quien nos abre la puerta de la iglesia. «Hará cinco años… No, era la época del covid. Ya va para seis» —digo yo. Él asiente con satisfacción. Con la de gente que habrá pasado por aquí desde entonces aún recuerda aquella visita de media hora.

Rezo Khojeliani es el propietario, restaurador y guardián de una de las iglesias más antiguas e interesantes entre las muchísimas que salpican la tierra del Alto Svaneti, en Georgia. Cada una de estas pequeñas construcciones medievales pertenecía a un clan, por lo que alguna aldea ha llegado sumar ocho o diez, la mayoría de ellas ricas en frescos e iconos. La aldea de Lagami forma parte de la mancomunidad del pueblo de Mestia pero a este edificio especialmente complicado se le conoce desde siempre como la Iglesia de la Transfiguración de Lagami.

La iglesia superior fue construida en el siglo XIV por un terrateniente local, Shalva Kirkishliani, y lo excepcional es que él mismo la decoró —al igual que hizo en la iglesia de San Jorge en Svipi—, y hasta se hizo un selfi en el lado derecho del santuario (para nosotros, la izquierda), en el lugar habitual del ktētor, el fundador.

Sin embargo, la familia Kirkishliani se extinguió y el cuidado de la iglesia lo asumieron los Khojeliani, cuyos miembros constituían la mayoría de los monjes del monasterio que aún existía por entonces. Así, con el tiempo, la propiedad acabó en manos de Rezo. Tras graduarse como restaurador en Tiflis consideró que era su deber resucitar los frescos de la iglesia familiar. Si al acercaros encontráis la iglesia cerrada, llamadle al +995 595691439, número que también está apuntado en la puerta; y si sabéis ruso o georgiano no dejéis de atender en su voz de fumador empedernido las detalladas informaciones sobre la historia del edificio y sus pinturas.

La iglesia es un edificio rectangular y bajo. Se eleva ante nosotros sobre una base alta como un hombre cuando las estrechas calles del pueblo, serpenteando, se abren de pronto ante ella. Esta estructura en forma de torre es inusual en una iglesia de Svaneti. Las iglesias medievales familiares son aquí edificaciones pequeñas, casi con aspecto de vivienda o establo. Pero enseguida vemos la razón que hace que el edificio sea tan singular: se trata de una iglesia de dos pisos. El nivel inferior, construido en el siglo X, es un pequeño edificio similar a otras iglesias medievales de Svaneti. Sobre él fue donde el mencionado Shalva Kirkishliani construyó la segunda iglesia en el siglo XIV. Y no olvidemos que muchos de estos templos se plantaron sobre lugares de culto precristiano.

En la fachada exterior, sobre la entrada, se alinean los árboles del Jardín del Edén como en un friso, cada uno más frondoso y cargado de frutos que el anterior. En medio aparecen Adán y Eva, y el ángel que los expulsa.

En esta iglesia doble se superponen tres capas de frescos que representan tres conceptos iconográficos distintos. Sucesivamente:

• La primera capa, en la iglesia inferior, data de finales del siglo X, cuando Svaneti, tras la conquista árabe del siglo VII, quedó aislada del centro de Georgia que fue ocupado. De hecho, sólo esta región y la zona suroeste de Tao-Klarjeti —que hoy pertenece a Turquía— permanecieron cristianas. La jerarquía eclesiástica central dejó de existir, y el culto y la organización de la iglesia en Svaneti continuaron desde las iglesias de los clanes. La iconografía también refleja la cosmovisión pagana aún dominante en aquella época: el Pantocrátor entronizado en el ábside equivale al dios supremo pagano Morige, y las paredes estaban abarrotadas de santos guerreros y arcángeles, equivalentes a los khati, espíritus protectores paganos. Esta misma época, el final del siglo X, es el periodo en que el monacato georgiano que surgía en Tao-Klarjeti, en los monasterios reformadores de san Gregorio de Khandzta, comenzó a enviar misiones de regreso a tierras georgianas, incluida Svaneti. Es entonces cuando también se funda el monasterio de Lagami, cuyos pintores dieron forma visual ortodoxa al culto local de los santos guerreros y arcángeles

• La segunda capa, también en la iglesia inferior, fue realizada en el siglo XII después de que el rey David IV el Constructor unificara el país e integrara nuevamente a Svaneti en la circulación vital del reino. Los soldados svanos desempeñaron un papel importante en los ejércitos de David y de sus sucesores, Demetrio, Jorge III y Tamar. Y la iglesia central volvió a enviar sacerdotes y artistas a estos valles del norte de Georgia, quienes llevaron consigo la iconografía arquitectónica y pictórica desarrollada en el centro. En la iglesia inferior, esta fase se refleja en la segunda capa de frescos, que sustituye las grandes figuras de arcángeles de las paredes laterales por el ciclo de las principales festividades, ya establecido en la iconografía ortodoxa

• El tercer programa se aprecia en la iglesia superior, construida y pintada en el siglo XIV con el último y más refinado estilo de la corte bizantina: el Renacimiento Paleólogo. Casi todo el ciclo de las doce grandes festividades está representado en las paredes, con imágenes de santos guerreros y grandes mártires mujeres intercaladas entre ellos. Svaneti se puso así a la altura de la vanguardia del arte bizantino, antes de que las ocupaciones otomana y persa volvieran a aislar los valles del norte del resto del país y de su desarrollo político, religioso, cultural y artístico durante siglos

El nivel inferior es una sala muy pequeña, de apenas unos pocos metros cuadrados, con muros construidos de piedra rota e irregular. Sus frescos fueron realizados en dos períodos, en dos capas superpuestas. La primera data de finales del siglo X; la segunda, del siglo XII. Los fragmentos de la primera capa quedaron al descubierto cuando se desprendieron partes de la segunda.

En el ábside, donde vemos una gran escena de déesis —es decir, María y san Juan Bautista orando al Pantocrátor entronizado—, pudo haber originalmente también un más primitivo Pantocrátor solo, sentado en el trono, del cual ahora asoma el pie derecho bajo el revoque del siglo XII.

En la pared de la entrada se pintó una Anunciación en el siglo X. De esta sólo se conservan el pie de Gabriel y la inscripción: «Aquí está Gabriel». La pared está ahora ocupada por los restos desvaídos de una gran escena de la Natividad, del siglo XII.

Las partes norte y sur de la bóveda de la nave estaban decoradas originalmente con un gran arcángel y un apóstol a cada lado. En el sur, se conserva la hermosa cabeza del arcángel, con el nombre de san Pablo al lado. En el norte, sólo quedan pequeños fragmentos visibles bajo la Crucifixión del siglo XII, y allí puede leerse el nombre de san Pedro.

En el registro inferior del muro sur han sobrevivido figuras de medio cuerpo de santos guerreros, de finales del siglo X: san Teodoro, san Artemio y san Jorge. Siguiendo hacia la pared oeste aparecen santa Bárbara, patrona de los mineros y los metalúrgicos —muy presente en la región montañosa de Svaneti, que vivía de estos oficios— y santa Catalina, también de medio cuerpo.

Los frescos del siglo XIV de la iglesia superior representan las grandes festividades, desde la Anunciación hasta la Dormición de la Virgen, así como a los santos guerreros en las dos nervaduras de la bóveda y a las grandes mártires femeninas en el registro inferior de los muros. El esquema y orden de las imágenes pueden verse en el esquema de abajo, donde desplegamos las paredes como en un recortable.

En el ábside, el tema constante del santuario ortodoxo, la déesis (1): a derecha e izquierda de Cristo Pantocrátor —el Rey del Universo— sentado en el trono, están sus dos parientes humanos más cercanos, la Virgen María y san Juan Bautista, rogándole que tenga misericordia de la humanidad.

A ambos lados del ábside, sobre el cancel del santuario, se encuentran los bustos de los dos apóstoles que fundaron la Iglesia romana —y por tanto también la bizantina—: san Pablo (2) y san Pedro, quienes además ejercen como una abreviatura visual de la jerarquía eclesiástica.

Este cancel o templón (3) fue la solución de las iglesias georgianas (como de algunas otras iglesias primitivas desde el s. V) para lo que las iglesias bizantinas y rusas posteriores resolvieron luego mediante el iconostasio, la iglesia armenia mediante una cortina, o la iglesia católica mediante el canon recitado en voz baja. Es decir, que la parte más sagrada de la misa —la transubstanciación— debía mantenerse lo más alejada posible de las miradas y oídos profanos, retirándose al santuario y ocultándolo con imágenes o una cortina, o al menos recitando el texto sagrado en un susurro casi inaudible.

El cancel georgiano consiste en una viga sostenida por tres arcos, sobre la cual se alinean iconos; y los tres arcos están, a su vez, cubiertos de otros grandes iconos que cuelgan de la viga. Aquí, dos arcángeles hacen guardia con las espadas desenvainadas en el frontal del cancel y en lugar de las imágenes suspendidas vemos candelabros, pero sobre la repisa inferior del cancel sí que se alinean unos preciosos iconos repujados en plata. El icono de la Virgen se catalogó como obra de los siglos XII-XIII en la gran monografía de Chubinashvili sobre el arte medieval georgiano en metal. La iglesia también posee un icono de san Jorge del mismo periodo, aunque no es el que se encuentra aquí, ya que este —junto con el del Pantocrátor— parece datar más bien de los siglos XV-XVI.

A la derecha del cancel, es decir, a nuestra izquierda, en la pared, puede verse el autorretrato del fundador, Shalva Kirkishliani (4).

La serie de las grandes festividades comienza en la bóveda más cercana al lado derecho (a nuestra izquierda) del cancel, y luego, rodeando las otras tres secciones de la bóveda y las cuatro secciones centrales del muro, desciende en espiral hasta el mismo lado del cancel. La primera fiesta es la Anunciación (5), la última, la Dormición de la Virgen (15). De las doce grandes festividades, solo falta la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés:

(5) Anunciación. Sobre la imagen, en el centro de la bóveda, pueden verse los restos de un antiguo medallón con Cristo. Había uno similar en la segunda sección de la bóveda, con la imagen de Dios Padre (o, más precisamente, del enigmático Anciano de los Días del libro de Daniel 7,9). Medallones semejantes pueden verse en varias iglesias georgianas del mismo periodo, por ejemplo en la iglesia de San Jorge en Svipi, en el pueblo de Pari, en Svaneti —que fue pintada por el mismo donante—, o en la iglesia de Ubisi, en Imereti, pintada en un estilo similar.

(6) Natividad, con los restos del medallón de Cristo arriba

(7) Presentación en el Templo

(8) Bautismo de Cristo en el Jordán

(9) Siguiendo as secciones de la bóveda, el ciclo continúa en la luneta sobre la puerta con la Transfiguración de Cristo en el Monte Tabor, que da nombre a la principal festividad de la iglesia de Lagami

(10) La Resurrección de Lázaro. En la parte inferior de la imagen, las dos hermanas de Lázaro, María y Marta, caen de rodillas a la vista del milagro. A su lado, una figura tapándose la nariz ilustra las palabras de Marta al ordenar Jesús que levantaran la losa: «Pero Señor, ¡ya hiede!»

(11) Entrada de Cristo en Jerusalén sobre un asno. Encima, unos muchachos trepan a un árbol para verle, otras figuras extienden su ropa a su paso

(12) Crucifixión. La calavera, debajo, representa a Adán, cuyo pecado Cristo lava con su sangre. Según cierta tradición Adán fue enterrado en ese mismo lugar – la colina del Calvario – donde se levantó la cruz. Rezo también nos da su propio giro teológico: «Esta imagen nos muestra que Dios y el hombre están íntimamente conectados. Así como el hombre no sería nada sin Dios, igualmente Dios no sería nada sin el hombre que cree en él»

(13) La mujeres ante el sepulcro vacío. Un ángel sentado sobre la tumba vacía de Cristo les dice que aquel a quien buscan ya no está aquí. A la derecha los paños del sudario, y abajo tres soldados romanos dormidos

(14) Descenso de Cristo a los infiernos durante los tres días entre su muerte y resurrección. Desde allí saca a los creyentes y patriarcas que habían muerto sin pecado grave, pero que no podían entrar al cielo hasta la Redención, empezando por un Adán completamente canoso y una Eva de mirada embelesada. Detrás de Cristo, los reyes David y Salomón, particularmente populares en el arte georgiano, esperan turno. Habitualmente, en esta escena Cristo pisa las puertas del infierno pero aquí aplasta a Satanás con una cruz rodeada por los hierros rotos de la puerta

(15) Dormición de la Virgen, su muerte y asunción al Cielo

Sobre el nervio que separa las dos secciones de la bóveda se encuentran las figuras de dos santos guerreros: San Demetrio (16) y, frente a él, San Jorge (18), y dos profetas en la parte superior (17, 19).

Bajo la fila de festividades, en el zócalo, imágenes en medio cuerpo de las santas Tecla, Catalina, Bárbara, Elena, Julita  (20-25).

Santa Julita es particularmente importante aquí en Svaneti. Ella y su hijo, san Quirico (o Quirce), fueron mártires romanos, y su culto se difundió ampliamente en aquella región. Pero como el nombre del niño se parecía al de K'viria, el espíritu principal del panteón pagano georgiano, este último y sus santuarios fueron renombrados en honor a Quirico, siguiendo la tradición de los espíritus paganos que fueron cristianizados para continuar existiendo bajo esos nuevos nombres. Su iglesia en Kala —probablemente situada en el emplazamiento de un antiguo santuario de K'viria— sigue siendo el escenario de la festividad más importante de los svanos, el 28 de julio, a la que acuden por miles, también desde el extranjero, para participar en una ceremonia cristiana y otra pagana que se celebran simultáneamente dentro y fuera de la iglesia —sobre la que escribiremos más adelante.

Y en la luneta de la puerta, donde en Georgia suelen ubicar la imagen del Cristo no pintado por mano humana —el Mandylion del Rey Abgar, conocido en el Oeste como el paño de la Verónica— o un crucifijo, aquí, curiosamente, vemos dos cabras enfrentadas.

Salimos de la iglesia bajo las cabras. Nos despedimos de Rezo, quien nos agradece especialmente haber regresado a su iglesia. Y nosotros le damos las gracias por cuidar tan bien de este tesoro. Hemos visto suficientes iglesias medievales en ruinas en Svaneti como para saber que es gracias a guardianes locales como él que unas cien sobreviven intactas.

Shalva Kirkishliani debió de ser en su época uno de esos ángeles custodios. No solo amplió la iglesia que, de algún modo, quedó bajo su cuidado, y no solo la pintó en el estilo más moderno que circulaba en la época, sino que al mismo tiempo pintó otra iglesia en Svaneti que, hasta donde sabemos, ni siquiera le pertenecía. Esa iglesia es la de San Jorge de Svipi, en el pueblo de Pari, en la entrada al valle de Svaneti. Así que vamos a visitarla a continuación.