06 enero, 2026

La huida de Salomé

 Como estos días atrás discutíamos acerca de los peces de mar y de los peces de agua dulce, de repente me vino a la cabeza una tercera especie, el peix reial, (pez real) que aparece solo por Navidad en el convento de las monjas de Santa Clara, en el núcleo medieval de la ciudad de Palma.

Se trata de una pieza de mazapán en forma de pez, del tamaño de un palmo y rellena de frutas confitadas, que elaboran y venden únicamente por estas fechas desde hace casi 800 años, cuando empezaron a ofrecérselo al rey Jaume I «el Conqueridor» (1208-1276) como presente de la fiesta (ved un vídeo con otra variante de peix reial que hacen en el maravilloso Fornet de la Soca).

Es curioso que, según las crónicas, nada más llegar la flota de Jaume I desde Salou a Al-Mayûrqa para empezar la conquista de la isla en la Navidad de 1229, un águila pescadora dejó caer un pez sobre la cubierta de la nave del rey, que ya empezaba a sufrir escasez de víveres. Puede que la tradición venga de ahí.



Así que salí de casa decidido a pescar uno. Era pronto por la mañana y aproveché que a aquella hora no había nadie más que la hermana que vende los dulces por detrás de una reja, para contemplar sin prisas el belén que exponen en ese mismo zaguán.



Solo habían pasado tres años desde la muerte de Clara de Asís cuando, en 1256, el papa Alejandro IV concedió el permiso para la fundación de este convento de clarisas. Se ubicó en la zona de las casas de Bernat de Santa Eugènia, en el laberinto de calles de la Palma medieval y sobre antiguas edificaciones musulmanas.

Es uno de los monasterios más integrados en la personalidad histórica de la ciudad, tanto por la presencia de monjas de la nobleza como por las tradiciones populares que mantiene. Antes de una boda, por ejemplo, la novia y su madre han de acercarse hasta aquí a dejar una docena de huevos para que la santa propicie que el día señalado haga buen tiempo.



En Palma hay unos cuantos belenes notables, el cuatrocentista de la iglesia del Hospital General, uno de los más antiguos de Europa y rodeado de una interesante leyenda sobre la llegada de sus figuras a Palma (que contaremos en otra entrada), los conventuales, barrocos, de La Concepción, de las carmelitas («Las Teresas»), de Santa Magdalena, de San Jerónimo, el espectacular belén de las Capuchinas y el imponente, con unas dos mil piezas, belén napolitano del s. XVIII de la Fundación March. Tal como está expuesto, podría pensarse que este belén de Santa Clara no hace justicia a la tradición que precisamente instauró san Francisco.

Recordemos: desde 1209, el papa Inocencio III había prohibido cualquier representación religiosa, pero Francisco obtuvo licencia, en 1223, para que un buen amigo, vecino de Greccio, conmemorara la Navidad disponiendo una escena del Nacimiento. Algo muy sencillo: un pesebre con el Niño, a su lado María y José, un buey, un asno y mucho heno esparcido por el suelo. Este heno, cuenta Tomasso da Celano en 1228 –que lo vio con sus propios ojos y es quien nos describe los hechos–, se conservó por sus virtudes para sanar jumentos y otros animales; «más aún, mujeres con partos largos y dolorosos –dice–, colocando encima de ellas un poco de ese heno, dan a luz felizmente» (San Francisco de Asís: escritos, biografías, documentos de la época, BAC, 1993).


Pero aunque el belén del convento de Santa Clara está rodeado de piezas heterogéneas y la penumbra del zaguán impida ver bien los detalles, se trata de uno de los más hermosos de Palma. Originalmente estaba en el otro convento de clarisas, hoy desparecido, el del Olivar.

Al abrir el gran armario que lo contiene se despliegan sus dos alas hasta la anchura de unos cuatro metros. Sus ocho cuarteles, pintados en tonos oscuros, representan escenas de la matanza de los inocentes, el sueño de José, la huida a Egipto y la Sagrada Familia en la casa de Nazaret.

Los paneles hacen de fondo al Nacimiento que, en tonos más vivos, sobresale en una cueva con las figuras de María y José de unos setenta centímetros de altura, y el Niño echado en una cuna barroca de molduras doradas. El fondo de la cueva está tallado con nubes plateadas, ángeles, la paloma del Espíritu Santo y el Padre Eterno en su gloria tras la filacteria Gloria in excelsis Deo.

En un plano superior, sobre la cueva se representa el paisaje de Belén que se ahonda hasta el horizonte. La Virgen va vestida ricamente, con una corona real de plata en la cabeza y una larga melena que le cae en tirabuzones por debajo de la toca azul.





Y ahora llegamos a los muy inquietantes hechos que quería comentar desde el principio. Alrededor del belén, las monjas colocan otras piezas dispersas que deben provenir de otros tantos nacimientos llegados al monasterio. Por ejemplo, unos Magos cuya factura no desmerece en absoluto del conjunto principal.

Y entre estas piezas, y en lugar prominente, a los pies de la escena central, hay unas figuras que puedo afirmar sin sombra de duda que cambian lo que sabemos de la historia de Cristo con nuevas informaciones de, quizás, insospechadas consecuencias. Llevo días dándole vueltas. Esta es la imagen:


Se trata sin duda de la escena de la Huida a Egipto. San José, como en muchos belenes mallorquines de los siglos XVIII y XIX va ataviado con los calzones anchos típicos de los payeses (calçons amb bufes, que entonces llamaban calçons a la grega) y un jubón, y la Virgen, con los mismos tirabuzones hasta la cintura que la de la escena principal, va lujosísimamente vestida y con una pamela y una cesta de mimbre como si se dirigieran a un picnic campestre un domingo por la mañana... Muy bien, ¿pero dónde está el Niño? ¿Qué terrible acontecimiento ha pasado aquí? Es una imagen profundamente inquietante.


Tranquilicémonos y estudiemos las posibilidades. La primera podría ser que no se trate de la huida a Egipto sino del traslado de Nazaret a Belén antes del parto. La opción la descarté de inmediato porque obviamente María no solo no está embarazada, sino que parece llevar un corsé bien prieto.

Y hay otro detalle que refuerza el descarte: no parece montar una mula o un asno, sino un buey. La cabeza y las orejas del animal se avienen poco con las de un équido y la pezuña parece claramente hendida.

No se aprecian los cuernos, cierto, pero véase por ejemplo la Natividad nocturna (1484-90) de Geertgen tot Sint Jans, donde a la prominente cabezota del buey en el centro de la composición se le han difuminado los cuernos hasta dejarlos invisibles. Una forma de subrayar su mansedumbre:


Después de Trento, el asno se elimina de bastantes representaciones de la Huida por ser animal poco noble (véase P. de Montaner, El betlem tradicional mallorquí. L'evolució de les figures del betlem mallorquí als segles XVIII-XX, Palma, 2005, p. 55), y entonces el mismo buey que estuvo en el establo del Nacimiento era una excelente alternativa para llevar a la Virgen con el Niño.

Jan Collaert, La huida a Egipto, de la serie Beatae intacta semper Virginis Mariae, Amberes, c. 1589. El Concilio de Trento consideró al asno animal poco digno de llevar a la Virgen y se sustituye por una mula o caballo, o incluso dejando que la Virgen vaya a pie. Y aparece también como acompañante el buey del pesebre (véase L. Réau, Iconografía del arte cristiano, I,2, p. 293). Incluso antes de Trento ya encontramos al buey como posible montura alternativa en El descanso de la huida a Egipto de Lucas Cranach (c. 1530)

Desechada, pues, esta primera hipótesis, nos quedan dos para aclarar el angustioso misterio. Una es del todo absurda: pensar que Jesús no está porque Herodes ha tenido éxito en sus planes se desmiente de plano viendo la historia posterior. Resta una última posibilidad: que quien acompaña a José no sea María sino otra mujer. Esto podría no ser tan descabellado o herético como parece.


Para entenderlo tenemos que empezar por revolver en la tradición evangélica apócrifa que nos informa de unas mujeres que ayudaron en el parto de María. Su existencia es muy controvertida, sobre todo después de que san Jerónimo fuera taxativo al respecto: «No hubo ninguna comadrona; no intervino la ayuda de ninguna mujer. [María] fajó al niño y lo envolvió en pañales con sus propias manos. Ella misma fue madre y comadrona» (Contra Helvidio, 10).

Pero no siempre estuvo así de claro.

Marfil bizantino del s. X con la Natividad,
arriba, y el baño de Jesús por una
comadrona contemplada por un
melancólico san José
En el llamado Protoevangelio de Santiagodel s. II, se cuenta que José fue en busca de una partera judía. Tras el nacimiento, la mujer quedó tan maravillada de la persistencia de la virginidad de la madre que se lo contó enseguida a una tal Salomé. Pero ésta, escéptica, le dijo: «si no pongo mi dedo en su vientre, y lo escruto, no creeré que una virgen haya parido».

Volvieron a la cueva «y la comadrona entró, y dijo a María: Disponte a dejar que ésta haga algo contigo, porque no es un debate insignificante el que ambas hemos entablado a cuenta tuya. Y Salomé, firme en verificar su comprobación, puso su dedo en el vientre de María, después de lo cual lanzó un alarido, exclamando: "Castigada es mi incredulidad impía, porque he tentado al Dios viviente, y he aquí que mi mano es consumida por el fuego, y de mí se separa."» Al reconocer su error y pedir perdón, un ángel apareció diciéndole que tomara al Niño en brazos: «Y Salomé se acercó al recién nacido, y lo incorporó, diciendo: "Quiero prosternarme ante él, porque un gran rey ha nacido para Israel". E inmediatamente fue curada, y salió justificada de la gruta». (19-20).

A partir de aquí, en la tradición posterior este personaje, o incluso las dos mujeres, se incorporan a la imaginación popular y expanden el escueto relato canónico de la Natividad con detalles marginales que alcanzan también a la iconografía. El asunto, como dice la partera judía, «no es insignificante» pues se trata de reforzar la virginidad de María en la imaginación popular con un eficaz toque escabroso, poniendo a esta Salomé en un rol paralelo al de santo Tomás tras la Resurrección. 

Detalle de un fresco del siglo XII de la Iglesia Oscura de Göreme, en Capadocia, la mujer de más edad, sentada, recibe el nombre de Emea (del griego hē maia, «la comadrona», con la misma raíz de «mayéutica»), y su ayudante más joven va identificada como Salomé.

La consolidación de la historia de las parteras la da el Evangelio del pseudo-Mateo, de principios del s. VII, cuyos pormenores sobre la Virgen y la infancia de Jesús son una fuente de primer orden para la imaginación occidental (el apócrifo de Santiago se difundió más en las iglesias orientales). Aquí, las dos mujeres son parteras judías y ambas tienen nombre propio: Zelomi (no Emea) y Salomé. Pero lo que interesa ahora de este texto es que nos define más adelante la compañía que partió hacia Egipto huyendo de Herodes: «Es de saber que iban tres jóvenes haciendo el viaje con José y una muchacha con María.» (XIII, 3-5) Como Salomé había sido presentada poco antes de manera tan memorable, enseguida se consolidó la idea de que era ella la muchacha que acompañaba a María a Egipto. 

Giotto, La huida a Egipto, Capilla Scrovegni, Padua, 1305-1306. Sigue la indicación del Pseudo-Mateo. La muchacha que lleva de la brida la mula de la Virgen se identifica con Salomé, la comadrona. También la podemos ver en este fresco de la iglesia de Santa María, Beram, Croacia (1474): la Virgen a caballo con el Niño, acompañada de dos mujeres. Aquí es José quien ha desaparecido.

Y es en la Historia de José el Carpintero, que compila tradiciones coptas y árabes de datación diversa desde el s. III a fines del VI, donde la acompañante es ya claramente la partera Salomé: José «tomó a María, mi madre, y yo yacía en su seno. También Salomé fue su compañera de viaje. Y así, habiendo salido de casa, se retiró a Egipto y permaneció allí el espacio de un año entero.» (13).

El personaje había adquirido ya una relevancia que solo remitirá muchos siglos después a causa de la depuración promovida por el Concilio de Trento de los elementos populares, escabrosos o incluso algo grotescos que se habían ido acumulando sobre los evangelios canónicos. También es una figura incómoda para la tradición católica porque la comadrona hacía entrever un parto humano, con dolor, cosa que cuesta admitir.

En Occidente el Nacimiento se desarrolla más bien como una Adoración. En cambio, en la tradición bizantina, la Virgen recién parida puede aparecer cansada, acostada y asistida por alguien al lado del lecho (Réau, cit. I,2, p. 229). Se diluyen, pues, en la tradición católica estas figuras adláteres del parto y, en consecuencia, también su reaparición en la Huida a Egipto. Pero permanecerán en la tradición copta hasta hoy.

Icono de la iglesia de San Sergio y san Baco en el Viejo Cairo, c. 1849. Salomé la comadrona acompaña a la familia. De aquí.

Pero ningún borrado impuesto desde las alturas sobre la tradición es definitivo, y aún después del fresco de Giotto que hemos visto seguirán apareciendo en Europa estas mujeres proscritas, Emea/Zelomi y Salomé, juntas o por separado, acompañando a la Sagrada Familia en la Huida a Egipto, especialmente en las escenas de descanso del viaje. Pero con una importante salvedad: nunca se las identifica de manera explícita

Anónimo (taller de Tiziano), Descanso en la Huida a Egipto, 2ª ½ s. XVI. Museo del Prado

Rembrandt van Rijn, Paisaje con el Descanso en la Huida a Egipto, 1647. National Gallery of Ireland.

Lieven Mehus - Descanso en la Huida a Egipto, 1650. Nelson-Atkins Museum of Art, Kansas City. Aquí vemos a las dos parteras juntas asistiendo devotamente a María en el viaje.

Reynaud Levieux, El descanso durante la Huida a Egipto, c. 1660. Musée des Beaux-Arts de Strasbourg.

J. M. W. Turner, El descanso en la Huida a Egipto, 1828. Tate Gallery, Londres.

Resumiendo. ¿Qué representa esta insólita escena de la Huida a Egipto del Convento de Santa Clara de Palma donde el Niño ha desaparecido? ¿Quizá es una hábil maniobra de despiste de San José, que ha dejado protegidos a María y su hijo en algún lugar y huye con Salomé como señuelo para sus perseguidores? ¿Ha abandonado, simplemente, a María y su hijo a su suerte, cansado de toda esta incómoda y trepidante historia que le ha caído encima? ¿O es, a fin de cuentas, la Virgen quien cabalga detrás de José, y el Niño ha quedado a buen recaudo con algún familiar o benefactor, fuera del radar de los soldados de Herodes? Y aún hay una hipótesis más tranquilizadora para todos. Que no veamos a Jesús no implica necesariamente que no esté en la escena. ¿Qué hay oculto en la cesta de mimbre?




¡Feliz Epifanía!