20 mayo, 2008

Por las calles de Valencia, en 1638



En 1638, con la celebración del cuarto centenario de la Reconquista de Valencia a los moros por Jaime I, la ciudad quiso ponerse a la altura de las grandes exhibiciones simbólicas de poder y de propaganda de la fe que hicieron tantas otras villas y pueblos a lo largo de toda la Europa contrarreformista. Marco Antonio Ortí, Secretario de la Ciudad y Reino de Valencia, fue el encargado de firmar el libro en que se consignaría la fiesta y se describiría, minuciosamente, casi metro a metro y minuto a minuto, todo el recorrido y las características de aquella gran ocasión. El libro salió en 1640 en la imprenta de Juan Bautista Marçal. En Studiolum publicamos esta obra dentro del CD que contiene el corpus completo de emblemas españoles, puesto que gran parte de su contenido es la reproducción de los «jeroglíficos» –realmente, emblemas– que se encuentran dentro del programa simbólico de dicha fiesta.

El libro de Ortí relata en conjunto tres recorridos. En el primero asistimos a la concesión de los cuatro premios otorgados por el gobierno de la ciudad a aquellos particulares que mejor engalanaron sus casas. Para ello parten las autoridades de la Plaza de la Seo «donde están todas las cortes y tribunales» (f. 10r) hacia el Real Palacio. Asisten a un Te Deum laudamus en la Catedral y se dirigen hacia la casa del ganador del primer premio. Fue Jerónimo Valeriola y Carrioz, ubicado en la calle del Mar. El segundo premio fue para Vicente Pesquera, en la calle de los Caldereros. El tercer premio se otorgó a la casa de Jaime Galmés, entrando en la calle del Trenque (Trench) por la Ropería vieja. Y el cuarto premio se concedió ex aequo a Domingo Santaclara, entrando en la calle de Cordellats por el Mercado, y a Bautista Cantí, en la calle de los Pujadas.

El sábado 9 de octubre, a las ocho de la mañana, se procedió a llevar el estandarte de Jaime I a la Iglesia Mayor. Tras oír misa y sermón, volvieron al Ayuntamiento. A la tarde irán a presenciar los preparativos de la comedia que se ha de representar en la Plaza del Mercado. Se trata de una obra de Calderón de la Barca: El gusto y el disgusto son no más que imaginación (publicada en la Parte octava de las Obras, Madrid, 1657).

El tercer recorrido es el domingo 10 de octubre, la gran fiesta. Por la mañana, una delegación de las autoridades realiza la inspección de todo el itinerario que ha de seguirse solemnemente por la tarde. Este es el que describe Ortí.

Nosotros, aprovechando una reciente estancia en Valencia para participar en el congreso Imagen y Conocimiento – Tradición artística e innovación tecnológica, organizado magníficamente los días 5 a 9 de mayo por Inocencio Galindo, José Luis Maravall e Iván Albalate, y como pálido homenaje a su generosidad y hospitalidad les dedicamos el movimiento de aquella procesión y fiesta de 1638 sobre el gran mapa de Tomás Vicente Tosca (1704). Hemos marcado los pasos descritos en el libro con números en rojo. Si se coloca el cursor sobre ellos se abre una ventana con un breve extracto del libro referente al lugar. En esta ventana se puede clicar también una miniatura que se amplía con la reproducción de los grabados de los altares que se van visitando, más alguno de los muchos jeroglíficos que aparecen en el texto (aviso: antes de ir a ver los enlaces es necesario dejar que la página se cargue completamente). Esperamos que tras su consulta interese más la edición digital completa que estamos a punto de publicar.

* * *


0.- Clicando aquí se abrirá, en una ventana aparte, la imagen grande y completa del Mapa de Tosca a fin de ubicar perfectamente el recorrido mientras se ven los detalles abajo.

1.- Se inicia el recorrido de la procesión. Parte la comitiva de la Plaza de la Seo hacia «la que llaman de la Almoina» para detenerse ante el Palacio Arzobispal, donde hay un suntuoso altar de los Carmelitas. Recorren la Calle de las Avellanas hasta la Iglesia de Santo Tomé. En la plazuela de los Duques de Mandas el altar ha sido montado por los Trinitarios del Convento de Nuestra Señora de los Remedios. Hay diecisiete jeroglíficos que Marco Antonio Ortí reproduce en su libro. Siguen por la Calle de los Pujadas, hasta el Convento de las Agustinas. En la Iglesia de San Martín, antes de San Antón, hay otro altar con la figura de San Martín. Desde aquí entran en la larga calle de San Vicente.



2.- En la Plaza de los Cajeros se encuentra el altar de los dominicos, extremadamente suntuoso. Frente al Convento de San Gregorio, un carpintero particular ha hecho su propio altar representando la Natividad, mezclada con la Conquista de Valencia y una danza de gitanos. En la otra acera, está el altar de los franciscanos.



3.- Avanzan por la calle de San Vicente y entran por la calle que conduce al Convento de San Pablo, de los jesuitas. Es en este punto donde Ortí introduce el mayor contenido emblemático del libro, con el gran conjunto de jeroglíficos que allí se habían dispuesto. La procesión sale de los muros hacia el Arrabal de San Vicente. Ha habido que modificar la puerta para que el estandarte pueda pasar sin tener que inclinarse. Al volver intramuros se detienen en el Convento de San Agustín, en la Capilla de la Virgen de Gracia y en la Plazuela de Vicente Pérez.



4.- Llegan a la Plaça dels Alls, donde contemplan el altar dedicado a Nuestra Señora de las Mercedes. Entran en la Plaza del Mercado, que está preparada para la fiesta de toros. El altar frente a la Lonja es también obra de los jesuitas. Al otro lado, un altar con los dos «Juanes», Bautista y Evangelista.



5.- Entran en la Calle de la Bolsería hacia el Convento de la Pureza. hay un altar bastante humilde de aquellas monjas. Recorriendo la Calle de Caballeros, llegan a la Plaza de los Condes de Oliva (o Buñol) y ven el altar de la Iglesia de San Pedro Mártir y San Nicolás.



6.- El recorrido concluye de nuevo en la Plaza de la Seo, pasando por la Plaza de San Bartolomé y ante el altar de los Capuchinos, lleno de curiosas reliquias. Aquí la procesión se deshace y las autoridades, realizada ya su labor de inspección, se van a descansar un rato antes de empezar la verdadera fiesta.

12 mayo, 2008

Que nada se sabe

Con este título, Carlos Solís Santos, Catedrático de lógica y filosofía de la ciencia de la UNED, ha publicado en el número 136 de Revista de Libros (abril) una reseña de nuestra edición de El porqué de todas las cosas de fray Andrés Ferrer de Valdecebro (en la colección «Medio Maravedí», que ha llegado ya a los diez títulos). Le agradecemos la atenta lectura y los elogios que dedica a nuestra tarea editora, así como las oportunas precisiones de buen conocedor de la historia de la ciencia, a la que Valdecebro tan ferozmente maltrata en su libro. Nos alegra coincidir con él:
… lo que nos parece hoy peregrino o quimérico no lo era en su época. Los compendios que explican muchos problemas familiares pero intrigantes siguen gustándonos hoy día. Ahí está ese «porqué de las cosas» de Marvin Harris, donde nos explica por qué hacemos herramientas, por qué andamos erguidos, por qué somos blancos o negros, por qué engordamos o por qué las tetas de las mujeres están siempre turgentes. O ahí están los evolucionistas como Matt Ridley o Steven Pinker, que nos explican en términos evolucionistas el porqué de nuestra moral, nuestra religión, nuestras instituciones sociales o nuestro gusto por la música, la danza y la pintura. Buscar una explicación en términos de selección de cualquier rasgo, imaginando cómo podría mejorar la tasa reproductiva, es a veces tan arbitrario como hacerlo en términos de lo caliente, lo frío, lo húmedo y lo seco.
Afortunadamente, los editores de la obra (Antonio Bernat Vistarini y John T. Cull) hacen un buen trabajo en la introducción y las notas, presentando la tradición de los Problemas, su difusión en España y las peculiaridades del desarrollo científico del país. (p. 31)

29 abril, 2008

La inauguración

Kalocsai Főszékesegyházi Könyvtár, díszterem
Este aspecto tenía la sala central de la Biblioteca –para quien no haya leído la entrada anterior, se trata de la Biblioteca de la Catedral de Kalocsa– unas horas antes de su solemne apertura. Las vitrinas ante las estanterías barrocas se habían preparado con todo esmero para exhibir las Biblias impresas más preciadas de la colección, mientras que los manuscritos se dispusieron en el vestíbulo previo. En la página de presentación de la serie de los «Tesoros de Kalocsa», en Studiolum, se puede ver también esta sala desprovista de las vitrinas –pero aquella imagen la tomó un fotógrafo profesional, no nosotros.

Kalocsai Főszékesegyházi Könyvtár, C terem, kódex-kiállításDetalle de la exposición de códices

Antes de que lleguen los invitados, podemos dar un vistazo a las salas de depósito de la biblioteca, cerradas a los visitantes, donde tantas horas hemos pasado familiarizándonos con estos libros.

Kalocsai Főszékesegyházi Könyvtár, K terem
Kalocsai Főszékesegyházi Könyvtár, K terem
Kalocsai Főszékesegyházi Könyvtár, K terem

Kalocsai Főszékesegyházi Könyvtár, díszterem, kiállításmegnyitóAbrieron la muestra el arzobispo de Kalocsa, Balázs Bábel, y el legado del Papa, arzobispo Juliusz Janusz.

Kalocsai Főszékesegyházi Könyvtár, díszterem, kiállításmegnyitóEn la esquina inferior derecha está el expositor de Erasmo, con dos joyas: la monumental edición en diez volúmenes de las Opera omnia de Leiden, hasta hoy la mejor edición completa de Erasmo, y una carta autógrafa del escritor. En el expositor anterior, dedicado a Lutero, también se encuentra un poema autógrafo del teólogo alemán.

Kalocsai Főszékesegyházi Könyvtár, díszterem, Takács Karolina, Grócz ZitaLa apoteosis de las bibliotecarias

Kalocsai Főszékesegyházi Könyvtár, díszterem részlete

24 abril, 2008

Y en la tierra, paz

Back cover of the evangeliary of Malecz (Kalocsa), detailDedicado a Enrique Lázaro

En la Biblioteca de la Catedral de Kalocsa se inaugura mañana una muestra de valor inmenso: la colección de antiguas Biblias recogidas durante siglos por una singular sucesión de arzobispos bibliófilos que residieron allá. Dos preciosos ejemplares medievales iluminados —un Salterio de Bohemia de principios de 1400 y un manuscrito parisino de las cartas de San Pablo de hacia 1250— han sido ya publicados en sendos DVDs por Studiolum.

También hemos participado en la selección de esta muestra, y mientras trajinábamos entre libros nos fue dado descubrir una peculiar Biblia que nadie había registrado aún en el catálogo de la biblioteca.

Frontispiece of the evangeliary of Malecz (Kalocsa)
Este infolio de los Evangelios en eslavo eclesiástico va protegido por una suntuosa encuadernación en metal. Originalmente, las imágenes esmaltadas de Cristo y los Cuatro Evangelistas se insertaban en la cubierta frontal, y las de la Santísima Trinidad en la posterior. Los cuatro soportes o remaches de la tapa posterior revelan que el libro, como es normal en la liturgia ortodoxa, se fijaba al atril del altar para representar así la permanencia de Cristo en su Iglesia hasta el fin de los tiempos.

Front cover of the evangeliary of Malecz (Kalocsa)
Back cover of the evangeliary of Malecz (Kalocsa)
Back cover of the evangeliary of Malecz (Kalocsa)
La introducción del libro enumera los nombres de todos aquellos que contribuyeron económicamente a la preparación —impresión, encuadernación o decoración— de este ejemplar, y subraya que no se trata de una publicación ordinaria, sino de un valioso libro litúrgico producido uno a uno con gran esfuerzo y destinado a ocupar un puesto de honor. La introducción acaba con la fecha de publicación, al Estilo Antiguo de la Iglesia Ortodoxa, informándonos de que el libro se finalizó en Moscú, en la imprenta del Santo Sínodo, en el año 7400 después de la creación del mundo y en el de 1892 tras la encarnación del Verbo, el sexto día de agosto. Fecha y lugar se anotaron también en húngaro, a lápiz, debajo del texto impreso.

End of the preface of the evangeliary of Malecz (Kalocsa) with the place and date of edition
Estos Evangelios contienen otras dos notas manuscritas, una en la primera y otra en la última hoja de guarda. Y son justamente estas inscripciones las que convierten el libro en un objeto singular a cuyo alrededor gira una fascinante historia cultural y geográfica.

A Hungarian inscription on the inner endpaper of the evangeliary of Malecz (Kalocsa), 1916Recuerdo del Campo de Batalla Ruso
Malec (Distrito Pružany, Gobernación de Grodno, Lituania)
22 de noviembre de 1916.
Ferenc Fischer
Teniente de húsares húngaro

Al leerlo, uno queda molesto por el sacrilegio e imagina a los soldados húngaros expoliando las iglesias ortodoxas de los territorios lituanos ocupados, arramblando con cualquier objeto que pudiera servir como «recuerdo de la guerra». Sin embargo, si atendemos a los hechos podremos contemplar un panorama diferente.

Grodno, Báthory Square with the Jesuit church, convent and pharmacy
La Gobernación de Grodno (Grodna, Горадня, Гродна, Hrodna, Gardinas, הורדנה, Gorodna, Гродно) se constituyó en 1796 tras la división del histórico reino polaco-lituano de los territorios que tocaron a Rusia, y sus fronteras cambiaron mucho incluso en tiempos zaristas. La ciudad que había pertenecido al gran ducado lituano, y luego al reino polaco, después de la Primera Guerra Mundial regresó a la restablecida Polonia. Desde 1939 pasó a formar parte de la Unión Soviética, aunque también estuvo ocupada por los alemanes entre 1941 y 1944. Desde 1990 pertenece a la Bielorrusia independiente, como la mayor parte de la antigua Gobernación, mientras que otra parte de aquella Gobernación se reparte entre Polonia y Lituania. Así, los más viejos de Grodno podrían decir lo mismo que los de la no tan lejana ciudad húngara de Ungvár (Ужгород), en Ucrania: que han vivido en cinco países distintos sin haber abandonado nunca su ciudad. Por lo menos, quienes hayan logrado superar todos estos terremotos.

The Grodno Governorate from the Atlas of Marks/Marx, 1910La Gobernación de Grodno en el Atlas de Marks (Большой всемирный настольный атласъ Маркса, segunda edición, revisada, 1910, detalle de la Tabla 9)

Malecz (Малеч, Malech, Maliecz, Maletsch, Malch, Maltz, Maltesch, Малечь) fue en su día una ciudad mercado. Hoy queda en el centro de la antigua Gobernación de Grodno, entre lagos y pantanos, a medio camino entre Bialostok, el escenario de El violinista en el tejado, y Pinsk, ciudad natal de Ryszard Kapuściński, sobre la que escribe unas cálidas páginas al principio de su obra El Imperio. El lugar se puede ver al sudeste de la letra «H» de la palabra ГУБЕРНIЯ en esta tabla del gran Atlas de Marks. El compendio estadístico de la Gobernación de Grodno nos informa de que la ciudad estuvo habitada por población polaca, bielorrusa, rusa y judía, coloreada con minorías armenias, alemanas y tártaras, y cada uno con su religión particular, como en toda la Cherta, desde el Báltico al Mar Negro. Una parte del 10-15% de la población judía empezó a emigrar a América desde principios del siglo XX, y fueron sus descendientes quienes crearon esta base de datos de historias familiares que cubre seis pequeñas ciudades. Aquí encontramos la mayor información sobre la Malecz de la preguerra. Los que permanecieron en casa fueron aniquilados por la ocupación alemana. Uno de los escasos supervivientes, Shmuel Mordechai Rubinstein, que pasó 27 meses en Auschwitz, en su autobiografía escrita en 1978 dejó una precisa información sobre la vida de la ciudad antes de la Guerra.

The Orthodox Church of Malecz in 2003
La primera mención escrita de la iglesia ortodoxa de Malecz data de 1563. Los registros eclesiáticos que empiezan a fines de 1700 también nos dan su nombre, Семеновская, lo que significa que estaba dedicada a San Simeón. Sin embargo, el escudo de aquella ciudad mercado, vigente desde 1645, representaba a San Pedro. El catálogo ilustrado de los monumentos de la arquitectura bielorrusa fija la fecha de construcción de la iglesia actual en 1873 o 1928 (!). Probablemente ambas fechas son correctas: la primera para su erección y la segunda para la reconstrucción. Ahora veremos por qué. La fecha de 1873 también se ajusta temporalmente a la de la preparación de los lujosos evangelios. Sería tarea de los historiadores locales averiguar si las personas nombradas en la introducción pueden documentarse en el Malecz de por entonces.

The Eastern front of World War I in 1917
La Primera Guerra Mundial llegó a la ciudad en 1915. La ofensiva conjunta de los ejércitos alemán y austrohúngaro, lanzada en mayo, alcanzó en verano la frontera oriental polaco-rusa y allí permaneció hasta 1917, con el colapso de Rusia. Los cosacos instalados entre Brest y Pinsk se retiraron sin luchar, pero no sin incendiar cuantos asentamientos no les dieran el dinero suficiente para evitarlo. Shmuel Mordechai Rubinstein lo recuerda así en su autobiografía de Malecz:

Los cosacos rusos fueron los últimos en retirarse del empuje alemán durante la [Primera] Guerra. Nuestra ciudad carecía de oficiales públicos y a los vecinos no se les ocurrió la idea de recolectar una suma de dinero y estar atentos para sobornar a los cosacos, por lo que los cosacos sencillamente quemaron los pueblos hasta los cimientos (...) Todos los libros fueron destruidos por las llamas, así que no se podía comprobar la edad de nadie (...). Los gentiles marcharon a Rusia, por miedo a los alemanes. Se abandonó el campo (...) Entre 1917 y 1919 los no judíos empezaron a regresar a sus casas desde Rusia (...) pocos años después la ciudad estaba reconstruida y la vida empezó a mejorar.

Y debió ser en este tiempo cuando el teniente Ferenc Fischer, al entrar en la ciudad con los soldados austrohúngaros, encontró los evangelios. No sabemos cómo escaparon del fuego que devastó la iglesia, ni por qué quien los salvó no se los llevó consigo a Rusia. Quizá era un objeto demasiado pesado para un fugitivo, o puede que lo dejara escondido momentáneamente a la espera de una inmediata recuperación, quién sabe. Pero una cosa parece cierta, que el teniente no lo obtuvo por rapiña sino que lo rescató después de la destrucción de la iglesia por los cosacos.

La razón por la cual el teniente actuó así y por qué se llevó a casa como «souvenir» justamente este libro con los evangelios en eslavo eclesiástico quizá pueda iluminarse un poco con la tercera anotación del libro.

Inscription of the Greco-Catholic theologian Gavrilo Mustyanovich on the inner endpaper of the evangeliary of Malecz (Kalocsa)Ex hoc libro discebam linguam paleo-slovenicam. Гаврило Мустяновичь theol. gr.r.cat.
(Aprendí el antiguo eslavo con este libro. Gavrilo Mustyanovich, Teólogo Greco-Católico)

La nota del seminarista greco-católico Gavrilo Mustyanovich es muy posterior a la del teniente Ferenc Fischer. Tampoco hemos podido averiguar quién era ni cómo le llegó el libro. Su nombre es típicamente rusin, de aquella región montañosa que, como Subcarpatia, hasta 1918 perteneció a Hungría y hoy pertenece a Ucrania como Transcarpatia (o Rutenia Transcarpática), en la región más occidental de Ucrania. Según el ya citado diccionario de Pavlo Chuchko, Прізвища закарпатських українців. Історико-етимологічний словник (Apellidos de los ucranianos transcarpáticos. Diccionario histórico-etimológico), Львів 2005, p. 403, el nombre proviene del rumano mustean, que significa «fabricante de mosto». Stefan Mustyanovich (†1865) fue el autor de una Topographica descriptio Ruthenorum in comitatibus Marmaros et Beregh habitantium (Descripción topográfica de los rusin que habitan en los condados de Mármara y Bereg), publicada en 1851. El poeta rusin N. L. Mustyanovich fue un ardiente defensor de la autonomía de la lengua rusin en oposición al ucraniano y el ruso. Y un interesante artículo en La nación rusin cuenta una historia de inicios del siglo pasado sobre un «misionero» greco-católico llamado Mustyanovich que fue enviado por el obispo Gyula Firczák, junto con otros tres compañeros, al pueblo de Iza, en las montañas de los Cárpatos encima de Hust, para contrapesar la creciente influencia ortodoxa. Pero en lugar de cumplir el mandato, enseguida se pusieron a propagar la doctrina ortodoxa.

No se excluye que el propio Ferenc Fischer proviniera de esta región y fuera de confesión greco-católica; y que llevara consigo aquellos evangelios eslavos abandonados con la esperanza de que los fieles que usaran la misma lengua litúrgica pudieran aprovecharlo. Los soldados enviados al frente del este eran reclutados de manera abusiva en la zona noreste de Hungría —uno de nuestros abuelos, nacido en el pueblo de Mándok, en la región del Alto Tisza ahora en la frontera ucraniana, también estuvo entre ellos— donde la proporción de creyentes greco-católicos aún hoy es elevada. El regimiento de nuestro abuelo publicó después de la guerra un «álbum de memoria» que consignaba el nombre, origen y religión de cada soldado. No es imposible que el regimiento de Ferenc Fischer publicara también un álbum similar que nos diría si nuestras suposiciones son ciertas.

Finalmente, tampoco sabemos, ni siquiera, cómo llegó este libro a Kalocsa. No había huella suya en el catálogo y, a pesar de sus inusuales dimensiones, idioma y aspecto, ni un solo bibliotecario había reparado en él. Ni el nombre del teniente, ni el del seminarista les suena a nadie de la Biblioteca. Parece como si el libro se hubiera hecho presente de golpe, como testigo de una Europa Oriental multicolor que una vez existió para ser lijada por las tragedias del siglo veinte.

En enero de 2007, en el obituario de Ryszard Kapuściński, István Kovács escribió:

Kapuściński adquirió su experiencia de la tiranía en las cunetas del Infierno. Tenía siete años y medio cuando su tierra fue repartida entre Hitler y Stalin ante la indiferencia de Gran Bretaña y Francia, aliadas de Polonia. Su ciudad natal, Pinsk, en cuya plaza principal el cerkov ortodoxo, la iglesia católica y la sinagoga habían permanecido durante siglos se convirtió en una dependencia de la Unión Soviética. Pronto empezó la deportación de los polacos a Siberia. El padre de Kapuściński tuvo que huir, y el resto de la familia le siguió para encontrar un domicilio provisional en una barriada de Varsovia. En el verano de 1941 los nazis entraron en Pinsk, cosa que significó el exterminio de su población judía. El plan largamente querido por el autor de describir el mundo de su infancia, esto es, de rehacer el cuadro destrozado de la Europa del Este con las teselas de múltiples formas y colores que forman los grupos étnicos, las culturas, las lenguas y las religiones, queda ahora como un sueño para la eternidad.

De aquel mosaico no construido, este libro es una pequeña pieza.

19 abril, 2008

Aurel Stein in China

Fascinated by the Orient. Life and Works of Marc Aurel SteinAurel Stein, discoverer of the sand-buried settlements of the Silk Road and of the manuscripts of Dunhuang, in his last will of 1934 bequeathed to the Hungarian Academy of Sciences all his library and almost five thousand archive photos. However, it took almost fifteen years until his legacy arrived at its place of destination.

Stein Aurél fotójaStein died on October 26, 1943, only some days after his arrival to Afghanistan where he intended to reconstruct the trace of the military expedition of Alexander the Great. “I had a wonderful life that could have not even finished happier than by finally coming to Afghanistan I have been longing to see for sixty years.” – were his last words.

Stein Aurél fotójaHowever, his legacy left in London, as soon as it was legally passed to the Hungarian Academy, was seized by the Department of the Sequestration of Enemy Goods as property of a hostile state, and they set about its sale as ordained by law. The Academy could obtain only the books left in Kashmir that at the death of Stein were not in Britain. However, when after the conclusion of the war they could have started to take them to Budapest, the iron curtain fell, and the books remained in the custody of the Bodleian Library. Only by 1957 the international situation was eased that much that the legacy could be delivered to Budapest, including among others the unparalleled collection of archive photos taken by Stein in the course of his Central Asian expeditions.

Stein Aurél fotójaThis collection has been recently processed and digitized in collaboration of the specialists of the British Library and the Library of the Hungarian Academy of Sciences. The completion of the works coincided with the centenary of the discovery of the Dunhuang library cave, celebrated by the participants with an international conference organized in Budapest. To increase the solemnity of the conference, a first exhibition of a hundred selected archive photos of Stein was also opened at the Hungarian Academy on November 22, 2007, whose web edition was prepared by us in Studiolum in English, Spanish and Hungarian versions.

Stein Aurél fotójaThe news about this important international collaboration, about the conference and the exhibition spread quickly, and thus it happened that the Hong Kong bussinesman Paul Kan, Chairman of Champion Technology and sponsor of a number of exhibitions connected with the history and art of China, offered his support to the organization of a much larger exhibition presenting all the photo collection in the University Museum and Art Gallery of Hong Kong. This exhibition was opened some weeks ago – its beautiful leaflet can be found here in pdf format –, and now we are working on the preparation of its web edition in Chinese, English, Spanish and Hungarian.

Stein Aurél fotójaThe name of Aurel Stein – in Chinese 史坦因, Shĭtănyīn – has not sounded very well thus far in China. The Chinese official line regards him as one of the imperialists who used to steal the cultural values of the country, and not as the discoverer of the library cave who saved several ten thousands of unique documents from the devastation that soon fell on the rest of the Dunhuang monuments in the period of the civil war and of the Japanese occupation. An exhibition like this would have been unimaginable in China even only ten years ago. It is possible that Hong Kong, like so many times before in Chinese cultural politics, functions as a testing place and attests the silent change of this position.

Stein Aurél fotója

29 marzo, 2008

¿Acaso hubo búhos acá?


He aquí la última página de un incunable de 1498. Está en unas Opera de Horacio con textos de cuatro de sus mayores comentaristas: dos clásicos, Pomponio Porfirio y Helenio Acrón, y dos humanistas, Antonio Mancinelli y Cristoforo Landino (se conoce como el «Comentario de los Cuatro Grandes»). Imprimió el libro en Venecia Simon Bevilaqua. Ahora está en la Biblioteca Balear del Monasterio de La Real, de Palma. De él, solo en Venecia, se publicarán trece ediciones entre 1490 y 1500. Y en 1501 Aldo Manuzio saca, en octavo, un delicado Horacio con la tipografía cancilleresca (o aldina) que acababa de estrenar ese mismo año para las obras de Virgilio.
Estamos ante un ejemplar impecable, limpiamente encuadernado en pergamino. A un folio prefacial siguen doscientos cincuenta y siete folios numerados con números romanos, con los poemas de Horacio y sus comentarios Acaba con seis páginas de «Tabula» y una más, ésta, con el «Registrum». A cuyo pie se ha manuscrito este juego palindrómico. Y a juzgar por los trazos de cuadrícula, parece que el autor, tan poco reverente ante el empaque del libro que tenía ante los ojos como lo sería un mismísimo búho, pensaba seguir su trabajo decorativo.
La pregunta reversible de arriba es obra del singular argentino Juan Filloy, que ostentó el record de palíndromos de la lengua española (y casi el de longevidad, al morir con 106 años).

18 marzo, 2008

Studiolum en la 'Revista de Lexicografía'

Francisco Gago-Jover acaba de publicar una necesaria y muy informativa reseña de la edición digital del Tesoro de la lengua castellana o española que elaboramos en Studiolum a partir del trabajo de Ignacio Arellano y Rafael Zafra. Se analizan aquí en detalle las diferencias entre la edición contenida en el DVD que acompañaba al libro publicado por Iberoamericana y la posterior edición únicamente digital, y más completa, que se puede obtener de manera independiente desde nuestra web.
No podemos ocultar nuestra sorpresa por el hecho de que esta sea, a dos años ya de su aparición, la primera revisión crítica que se ocupa de la versión digital del Tesoro para ponerlo seriamente a prueba, calibrar su funcionamiento y mostrar las ventajas sobre la edición impresa... Nunca es tarde si la dicha es buena. Tenemos que agradecerle sin reservas la atención a Francisco Gago-Jover.

11 marzo, 2008

Letras Medievales (y otro tipo de espacios en blanco)

Acabamos de publicar en Studiolum la edición digital de un hermoso códice medieval como segundo volumen de la serie Tesoros de Kalocsa, siempre en colaboración con aquella impresionante biblioteca húngara. Se trata de un manuscrito parisino del siglo XIII con las epístolas de San Pablo acompañadas de los comentarios, línea a línea, de Pedro Lombardo: trescientas hojas de pergamino en total.

El grueso volumen se elaboró por el procedimiento de pecia, por entonces ya habitual en la Universidad de París. El ejemplar conservado en la biblioteca de la Universidad se dividía en grupos de hojas y repartía simultáneamente a varios copistas. Así, en un lapso de tiempo bastante breve podía contarse con una nueva copia completa. Luego se reunían los pliegos y los miniaturistas decoraban los espacios en blanco con grandes iniciales, alternando los colores rojo y azul.

Este procedimiento, según la magnífica Histoire de la lecture dans le monde occidental editada por Chartier y Cavallo —que tuvimos el honor de traducir al húngaro— ya presagiaba el método de trabajo del libro impreso, donde las hojas individuales podían ser preparadas por diferentes componedores y luego —al menos en las primeras décadas de la imprenta— un miniaturista rellenaba a mano los espacios dejados para las iniciales. Pero este sistema también dejó entrar —como veremos ahora— a un abuelo del diablo de la imprenta, a casi doscientos años de distancia del nacimiento de la propia imprenta.

En principio, este método presuponía que los miniaturistas conocieran el texto y pintaran en el blanco la inicial justa. Sin embargo, no era siempre así. El miniaturista podía echar una fugaz ojeada al texto y pintar corriendo la letra que le parecía más lógica, aunque a veces no fuera ésta la que le pedía el texto sacro.
Así ocurrió, por ejemplo, en el fol. 264r (Heb 2:7), donde el artista echó un vistazo y completó la primera palabra del versículo como «Innuisti» (consentiste). Inmediatamente después, no obstante, se debió apercibir del error al iniciar correctamente el comentario, a la derecha, con un «Minuisti» (disminuiste).
En algunos casos recaía sobre el stationarius —el bibliotecario encargado de la distribución de los pliegos y de revisar las copias— la responsabilidad de la corrección final. Así pasó, por ejemplo, en el fol. 233v (2Cor 16:21), donde el miniaturista erró tanto en el versículo como en el comentario la inicial de «...alutatio» porque había entendido «Laudatio» –voz tan frecuente en los textos litúrgicos–, dando lugar a una imposible «Lalutatio». En último extremo, el corrector logró escribir la 'S' en negro en medio de la 'L' roja resucitando la «Salutatio» original.
Lo mismo hizo en el fol. 286r (Heb 10:7), donde tuvo que colar una pequeña 'T' negra en medio de la 'N' roja del comentario (y también entre los arabescos de la inicial) para cambiar la errada «Nunc» (ahora) en «Tunc» (entonces).
Pero en ocasiones también la atención del corrector andaba floja. Es el caso del fol. 247v (2Tim 1:16), donde el miniaturista imaginó, y creó, un «Sed» (pero) en lugar de un relativamente más raro «Det» (dé). Este ejemplo, junto con la anterior lectura equivocada de «...alutatio» como «Laudatio» nos permite arriesgar la hipótesis de que quizá el miniaturista no fuera muy sensible a la diferencia entre los fonemas 't' y 'd'.
Y, finalmente, un caso más sutil (que la crítica textual definiría como de intercambio de pericopas). En el fol. 292r (Heb 11:22), a la derecha del versículo que empieza por «Fide Ioseph», la palabra inicial del comentario fue completada como «Mosep» en lugar de «Iosep». ¿Por qué?
En este pasaje de la Epístola a los Hebreos, el Apóstol enumera ejemplos de fe desde el patriarca a los profetas. El versículo que empieza por «Fide Ioseph moriens» va precedido —en la página anterior— por un versículo de inicio muy similar: «Fide Iacob moriens», que también menciona a «Ioseph», y le sucede otro que empieza por «Fide Moyses». Quizá el miniaturista, al llegar a la línea «Fide Ioseph», se despistó por un momento y, recordando que ya había pintado una inicial para esta frase en la página anterior, competó la inicial «...osep» del comentario como un «Mosep» que casi correspondía a la palabra inicial del versículo siguiente. Más tarde, esta letra también sería corregida con una pequeña 'J' negra entre las patas de la gran 'M' roja.

¿La moraleja? Pues, quizás, que errare era tan humanum hace ochocientos años como hoy. Y esto, por descontado, tampoco será de otro modo en nuestra edición. Solo queda esperar que los errores de hoy no le causen demasiado enojo al Benevolente Lector del futuro, y que los acoja con el mismo ánimo sereno con que nosotros hemos señalado los de aquellos copistas.

02 febrero, 2008

Espacios en blanco

En una vieja arca llena de papeles familiares acabamos de encontrar un pequeño legajo con tres documentos manuscritos firmados en el pueblo de Canales de la Sierra, dos de ellos son escrituras públicas fechadas en 1683 y otro, de carácter eclesiástico, en 1763; y hay también otro documento eclesiástico fechado en Pamplona en 1688 pero con asuntos relativos asimismo a la villa de Canales. Ignoramos completamente cómo llegaron hasta nuestra casa y qué relación guarda aquella lejana zona con nuestros antepasados. Intentaremos averiguarlo.

Pero el legajo, además, guarda un impreso curioso. Se trata de una «Carta de Esclavitud» o declaración de ingreso en la Cofradía de los Esclavos de la Virgen. Aún hoy, en ese hermoso pueblo de Canales, en el que solo quedan unos 80 habitantes censados, se celebran fiestas a su patrona, la Virgen de la Soledad, el último sábado de agosto. El eje de la celebración es la romería a la Ermita de La Soledad, allí donde debió haberse firmado el documento que reproducimos y que por su aspecto parece de inicios del siglo XVIII. Quizá alguno de nuestros ancestros se sintió atraído por la Cofradía y acarició en sus manos este papel cuyos blancos tenía que rellenar con su nombre, el de los santos de su devoción, y luego fecharlo y rubricarlo. No lo hizo. El papel quedó olvidado en un arca que por casualidad hoy hemos abierto. Un pequeño misterio entre tantos. Como decía la buena de Dorotea en el capítulo 30 de la primera parte del Quijote: «Todo es milagro y misterio el discurso de mi vida».