05 enero, 2011

Papiroflexia espiritual



Esta Navidad, ya Año Nuevo y casi Epifanía, el «Aguinaldo» de Víctor que recordábamos en la entrada anterior ha llegado más sorprendente que nunca. Recibimos un pequeño y misterioso sobre con la efigie de un monje. Las siete estrellas del retrato, una de ellas en el pecho, y la mitra despreciada a un lado apuntaban a san Bruno. Al abrir el sobre, una hoja DIN A3 doblada cinco veces nos amonestaba imperativamente a que la desplegáramos: «Despierta y abre los ojos». Obedientes, fuimos leyendo una sucesión de treinta y una redondillas, cinco cuartetas y dos décimas espinelas, que iban indicándonos un camino de desengaño y despojamiento de las cosas mundanas mientras se abrían ante los ojos unas xilografías que también revelaban la vanidad de la vida en la tierra. El curioso ejemplar es la Navegación para el Cielo (Barcelona, Joseph Llopis, 1688). Su impresión ocupa una cara de la hoja. La otra cara contiene dos notas o «billetes» explicativos firmados por José A. Ortiz García y Néstor Costa, respectivamente. Los reproducimos junto con el despliegue sucesivo de esta curiosa carta de marear rumbo a la vida eterna.
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Navegando hacia el final de nuestros días
—José A. Ortiz García—

Una carta de navegación hacia el cielo como quien usa un mapa para orientarse entre los mares y océanos. Ir desplegando el papel que nos va mostrando las sentencias del cartujo que nos guía en este camino. Nos desengañamos de la vanidad y aceptamos la muerte igualadora. Imágenes que de lo más prosaico pasan a lo último, el final de nuestros días. Imágenes y textos que nos permiten reflexionar sobre nuestra muerte. Imágenes de muerte y destrucción que nos recuerdan el tempus fugit y el inexorable paso de Cronos. Las Parcas pueden hilar nuestro destino, pero el grabado barroco acentúa la decisión humana de ser un buen cristiano que muera como tal.

La sociedad tiene miedo a la muerte. El camino de la vida nos conduce a la muerte y en él, el camino al cielo, carta de navegación para el cielo o laberinto, intenta ser una guía para el cristiano. Esta tipología de grabado que combina texto e imagen, consta de una hoja impresa con una serie de grabados y textos en recuadros que se doblaba siguiendo una pauta marcada por la propia numeración de los recuadros. De esta forma, tal como se iba desplegando la hoja, las imágenes y los versos nos invitaban a una vida devota y a prepararnos para la muerte. EL punto final eran la dama y el rey que al igual que todos los mortales no pueden librarse de la muerte. El autor de las sentencias es un monje cartujo que nos invita al juego o entretenimiento de ir descubriendo las verdades últimas de todo ser humano condenado a la muerte:
Abre Hombre, este Papel,
Despierta, y abre los ojos,
Hallarás ricos despojos,
Que un Cartujo te dà en èl.
Texto e imágenes se relacionan en las sucesivas fases de despliegue para concluir con el engaño de nuestros ojos ante las vanidades de esta vida. El rey y la dama que bajo ostentación y riqueza no se escapan de la muerte, del despojo, de las pústulas de la lepra o la carne perdida quedando tan solo el esqueleto...
 A luz este desengaño
 Despierta ya soñoliento,
 Si tienes entendimiento,
 Para que dexes tu engaño.
 Bibliografía.

· Joan Amades, Costumari català [1956], Barcelona: Salvat, 1983.
· Jean-François Botrel, «Sur les usages de l'imprimé. La Navegación para el cielo ou le jeu du Chartreux», en Michel Moner y Jean Pierre Clément, eds., Hommage des hispanistes français à Henry Bonneville, Tours, Societé des Hispanistes Français de l'Enseignement Supérieur, 1966, pp. 59-74.
· Jean François Botrel, «Les aleluyas ou le degré zéro de la lecture», en Regards sur le XXe siècle espagnol / 2. Nanterre: Centre de Recherches Ibériques et Ibéro-americaines, 1995, pp. 9-29.
· José Luis Bouza Álvarez, «Símbolos de la securitas cristiana en la concepción barroca del mundo: la muerte como sueño y traslación a puerto tranquilo», en Religiosidad contrarreformista y cultura simbólica del Barroco, Madrid: CSIC, 1990, pp. 443-474.
· Esther Galindo Blasco, «Esfuerzo y desapego en la navegación para el cielo. Un "pasatiempo religioso" del siglo XVIII», Scripta nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, VI.119 (2002).
· Víctor Infantes, «La meditatio mortis en la literatura áurea española», en Os «últimos fins» na cultura ibérica dos sécs. XV a XVIII, Porto: Instituto de Cultura Portuguesa, 1997, pp. 43-50.
· José A. Ortiz García, «Entre novísimos y cartujos. La cultura gráfica catalana en torno a la muerte», en Actas del VII Congreso Internacional de la Sociedad Española de Emblemática, Pamplona: Universidad de Navarra, 2010 (en prensa).
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Homo ludens
—Néstor Costa—

Me enseñó este divertimento papirofléxico Jean-François Botrel hace ya algunos años y me quedé prendado irremediablemente de él; era una edición valenciana de finales del siglo XVIII y poseía un encanto tipográfico irresistible. Además, contenía una reflexión ética sobre la existencia desarrollada en unos versos de no mala factura, que solo pretendían que el lector meditara sobre la banalidad de la vida y el artificio de las apariencias mundanas. No me extrañó que, tal vez en su origen, lo hubiese escrito un Cartujo, o quien fuera se lo hubiera atribuido a un monje de esta orden. Daba lo mismo, ahí estaban las redondillas y tiranas, de fácil rima, apelando a la memoria del lector desprevenido. Pero su gracia no consistía, desde luego, en su mensaje moral, sino en el ludus editorial que lo sustentaba: un desplegable que va descubriendo la interconexión de la poesía y de las ilustraciones a través de una gramática gráfica y tipográfica que se desenvuelve tácticamente entre la plegadura de una hoja de impresión dispuesta como una estauroteca icónica y textual. La plana entera, distribuida en calles horizontales con diferentes direcciones de composición, se va frunciendo estratégicamente sobre sí misma y condensa todos los formatos de su composición hasta la concentración cerrada de su propia extensión, proponiendo una lectura manual que se va desenmascarando progresivamente en la planimetría impresa de la hoja.

Hurgando en sus antecedentes bibliográficos, escasos y nada asequibles, solo aparecía alguna referencia de parecidas cronologías; una edición sin datos del «siglo XVIII» y otra de Córdoba, Rafael Rodríguez s.a. (como siempre en Antonio Palau, Manual del librero hispano-americano, Barcelona: Librería Palau, 1956, IX, nº 188840 y nº 188841), pero deberían haber existido algunas más. No es difícil, gracias a José A. Ortiz García, relacionar más de media docena: S.l., s.i., s.a., reproducida parcialmente por Manuel Sánchez Camargo, La muerte y la pintura española (Madrid: Editora Nacional, 1954, pp. 299-302), ejemplar de su propiedad, sin cronología precisa [y no olvidamos su Carta de aviso de la muerte, ¿siglo XVII?, entre pp. 287-291]; Barcelona: Juan Piferrer, 1735, estudiada por E. Galindo Blasco, cit. supra; dos, al menos, de Gerona, Narciso Oliva, mediados del siglo XVIII; Barcelona, Juan Centené, segunda mitad del siglo XVIII; Valencia, Francisco Burguete, s.a., pero 1768-1773, la publicada por J.-F- Botrel cit supra, pp. 61-64; Gerona, Rafael Figaró, siglo XVIII/XIX; Madrid, Pablo Minguet, s.a.; etc. Los editores han querido apelar a la cronología y ofrecen ahora la primera conocida, la de Barcelona, Joseph Llopis, 1688, conservada en el Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona, sgnt. F-34-C1/48 (320x425 mm). Pensamos que en su origen en el último tercio del siglo XVII, en el tardío Barroco catalán, compartió un espacio editorial común con las estampas, las aucas y las aleluyas, testigos de unos modos de lectura gráfica y literaria, donde la imagen y el texto se integran en la distribución icónica de un thema, generalmente de contenido espiritual, pero sin renunciar a representarlo lúdicamente en una topografía impresa, numerados los escaques como en un tablero, donde el lector/espectador tiene que desentrañar su significado.

El lector tiene ante sus manos en esta Navegación para el Cielo una aleluya deconstruida e interactiva, «ou le degré zéro de la lecture», como las definía acertadamente J.-F. Botrel, que le propone un juego poético e iconográfico, plegado (y plegándose) sobre su misma superficie, que se ha desarrollado secuencial y ordenadamente ante sus ojos. Sic transit, opera mundi. 




2 comentarios:

Georgina Hübner dijo...

Hola,

Me gustaría hacer tres preguntas:

1. ¿Esta "guía" hace referencia al peregrino ("Homo Viator")?.

2. Cuando escribes "El camino de la vida nos conduce a la muerte y en él, el camino al cielo, carta de navegación para el cielo o laberinto, intenta ser una guía para el cristiano", ¿por qué laberinto? No sé si lo comprendo, pero en este caso el laberinto no haría referencia a la tierra, puesto que es "carta de navegación para el cielo o laberinto", ¿a qué hace referencia el laberinto? ¿se concibe el cielo también como un laberinto?

3. La forma de esta "guía" y el "juego" que conlleva, ¿es una especie de alegoría de caminos intrincados?

Pido disculpas de antemano por si he escrito alguna tontería, pero este es un tema que me obsesiona bastante (en el buen sentido de la palabra :)

Un abrazo!

Studiolum dijo...

Hola Georgina,

Intento responderte.

1. En efecto, no otra cosa que un «homo viator» es este peregrinus al que amonesta el buen cartujo.

2. El texto del que copias la cita es de José A. Ortiz García, como decimos arriba. Entiendo que quiere decir que el camino al cielo es un laberinto, no que el cielo sea un laberinto en sí mismo. Es posible que el autor se haya comido alguna palabra, pero el sentido ha de ser este. Un cielo que, a su vez, fuera un laberinto, sin duda debería tener como guía a Borges.

3. En el espíritu de este cartujo, el camino al cielo es el del progresivo desengaño y despojamiento, no un juego de caminos intrincados. La lectura de las redondillas es lineal, sin alternativas. Lástima. Esta guía no parece aceptar la sentencia de que «los caminos del Señor son inescrutables».

Gracias por la visita!