28 febrero, 2015

Disolución: el jabalí furioso

Jabalí del Bestiario de Anne Walshe (inicios del s. XV), Kongelige Bibliotek, Gl. kgl. S. 1633 4º, fol. 23v. Más ilustraciones medievales, aquí.

El 18 de noviembre de 1664, el ban de Croacia, poeta croata y húngaro, político y caudillo militar, Miklós Zrínyi (1620-1664) perdía la vida en el bosque de Kuršanec, junto a Csáktornya, en el camino de regreso de una cacería de jabalíes. La historia es conocida por los lectores húngaros. El animal herido, que parecía una presa fácil, al final se revolvió ferozmente contra el aristócrata, que al poco murió de las lesiones. Muchos de sus contemporáneos —por no hablar de la tradición posterior— no creyeron nunca que fuera un accidente sospechando que detrás de los acontecimientos había una conspiración de la corte vienesa.

Muerte de Zrínyi, grabado del s. XVII, de aquí

No obstante, conocemos otras cacerías de jabalí más afortunadas realizadas por los predecesores de Zrínyi. El 30 de noviembre de 1514 —hace 500 años—, Wladislas II, rey de Bohemia y Hungría confirmaba los derechos de posesión del noble János Cseh de Martonfalva, y de sus hermanos Gábor y Mihaly. Fue necesario hacerlo así porque los estatutos legales, custodiados en el capítulo de Csanád, habían sido destruidos unos meses atrás durante una sangrienta insurrección campesina. La declaración también incluía la donación de un nuevo escudo de armas. En él vemos a un hombre en ropa de caza que lucha cuerpo a cuerpo con un jabalí ya malherido por una lanza. La escena es la instantánea heráldica de un hecho que había tenido lugar décadas atrás. La figura humana —como sugieren las iniciales «I. C.»— representan al propio János (Iohannes) Cseh, quien, durante una cacería en los bosques de Croacia —in saltibus regni nostri Croatie, tal como dice el el texto de la declaración— defendió con sus manos del ataque de un jabalí furioso a su amo, Matthias Geréb, que fue ban de Croacia, Dalmacia y Eslavonia entre 1482 y 1489.

Pero ved la otra figura de la escena, el jabalí, cómo parece haberse trasladado directamente y sin modificaciones al escudo de armas desde la miniatura del bestiario medieval.

Escudo de armas de la familia Cseh de Martonfalva, 1514, vol. 3 del Magyar czímeres emlékek (Antiguos escudos de armas húngaros, Budapest, 1926)

18 febrero, 2015

Disolución: la bestia

Emmanuel Fremiet (1824-1910): Gorila raptando a una mujer, segunda versión, 1887 (la primera versión, rechazada por el Salón de París: 1858). Nantes, Musée des Beaux-Arts


Cartel de Homer Davenport contra el «crokerismo» (influencia de Richard Croker)
que dominaba Nueva York, 1898

Cartel del film americano Armenia violada (1919)

Ilustración de Aubrey Beardsley (1894-1895) para Los asesinatos de la rue Morgue, de Poe (1841)

Journal des Voyages, 31 de enero de 1909. (Un nº anterior, de 1885, aquí, y su modelo –una de las fuentes más importantes para la fascinación gorilesca del s. XIX– aquí y aquí).


«¡Acabad con esta bestia loca! ¡Alistaos en el ejército americano!» Poster anglo-americano anti-alemán, 1917-1918 (Versión australiana de Norman Lindsay, de 1918 aquí)

«¡Destruid a la bestia alemana!» Foto de Nikolai Khaldogin, Leningrado, sitiada, diciembre 1941 – febrero 1942. El cartel original no ha sobrevivido, pero en 2011 se preparó esta versión coloreada para una película.

17 febrero, 2015

La línea de la vida


«Hace tiempo que quería colocar aquí algunas fotos de La línea de la vida (Линия жизни), de Rena Effendi —escribía ulysses85 cuando salió—. Sobre todo porque es uno de los álbumes que más he anhelado este año para mi colección. Se publicó un número muy bajo de copias, 500, así que si lo encontráis compradlo corriendo para no tener que arrepentiros, porque el libro es verdaderamente hermoso (aunque su relato a veces resulte espeluznante)».

Hoy vemos que pueden adquirirse ejemplares de la edición en inglés: Pipe Dreams. A Chronicle of Lives along the Pipeline. Y es especialmente oportuno contemplar la serie ahora, en un momento en que las compañías petrolíferas continúan pugnando por taladrar el fondo marino, esta vez alrededor de las Islas Baleares.

Effendi se inició en la fotografía en 2001 y desde el principio se interesó por la influencia de la industria petrolera en la vida de la gente común. En 2006, por encargo de la British Petroleum viajó a lo largo del tramo azerbaiyano del oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhan tomando fotos para un calendario de la empresa que debía destacar la responsabilidad y compromiso de los programas sociales de BP. Este viaje convenció a Effendi de que apenas ningún habitante de Azerbaiyán sacaba provecho alguno del chorro de riqueza que fluía a sus pies. El descubrimiento la llevó a emprender un trabajo de periodismo fotográfico independiente donde iba a revelar la otra cara del boom petrolero de Azerbaiyán, bien distinta de la programada exhibición pública. Recorrió así los 1.700 kilómetros del oleoducto, desde Azerbaiyán a través de Georgia hasta Turquía, registrando por el camino multitud de historias imprevistas. Los siguientes textos provienen del libro.


«La inversión petrolera en los años 90 trajo nueva riqueza a una Azerbaiyán castigada por una profunda corrupción, pobreza, desempleo y el desastre humanitario de la posguerra. Y, por descontado, este dinero sólo logró aumentar la brecha entre ricos y pobres, sin crear nuevos puestos de trabajo fuera de las grandes ciudades, como se prometió. Miles de millones de dólares se invirtieron en lucrativas explotaciones mar adentro, mientras la infraestructura petrolera soviética, completamente deshecha, fue abandonada a su ruina, dejando que el medio natural se transformara en un páramo podrido entre pantanos de petróleo y vertederos».








«La afluencia de dinero y medios de comunicación internacionales pronto creó una cultura de bares y restaurantes para servir a los extranjeros y a la pequeña burguesía local generada por el auge petrolero. La prostitución se ha hecho cada vez mayor: las niñas rurales jóvenes, sin esperanza ni oportunidad alguna en sus zonas de origen, se reúnen en Bakú».


«El centro de Bakú alberga su barrio más antiguo, y el más pobre, Mahalla, donde la gente se apiña en pequeñas chozas de techo plano. Este distrito histórico, último reducto de una tradición que se degrada, conserva aún restos una cultura antigua y única. Hace un siglo fue el barrio de los trabajadores del petróleo. Los actuales habitantes de Mahalla —mulás, poetas, criadores de palomas, ex-presidiarios— se ganan la vida haciendo pequeñas chapuzas, trapicheos, una artesanía sencilla elaborada en los zaguanes y portales. Algunos funcionarios del gobierno, sin embargo, temerosos de que se escapen nuevas oportunidades de riqueza fácil, tratan de desalojar a los residentes de Mahalla, expropiar las casas, y vender permisos de construcción a grandes empresas que van erigiendo edificios anónimos sobre los pequeños patios tradicionales».







«La única ruta de petróleo y gas que elude el sistema energético ruso, el oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhan, afecta profundamente a los intereses políticos, económicos y ambientales de los países vecinos. Pero la región ya abunda en hostilidades sin necesidad de este añadido. A raíz de las sucesivas olas de conflictos un gran número de refugiados ha tenido que dejar sus tierras y ahora vive en condiciones infrahumanas, en hoteles cerrados, urbanizaciones abandonadas, vagones sobre vías muertas, lanchones, antiguos hospitales o escuelas».






«A pesar de las fáciles promesas del gobierno de una vida mejor para estos ciudadanos que viven en la miseria, la mayoría de quienes se ven directamente afectados por el gasoducto, se quedan sin nada. Los agricultores de Azerbaiyán han perdido sus tierras. Al lado de una maravilla tecnológica de miles de millones, la Terminal Sangachal, el punto de partida de la tubería, un pueblo empobrecido de 4.500 habitantes respira cada minuto un aire envenenado. En Georgia, el gasoducto pasa por montañas sísmicamente activas, acelerando así la destrucción de un paisaje ya de por sí frágil. En Turquía, el oleoducto ya ha causado enormes daños en los ecosistemas amenazados».









«¡Devuélvannos nuestro mar!» —Exige Benjamin Geregen, un antiguo pescador de Yumurtalik que perdió su sustento debido a la invasión de buques petroleros.








10 febrero, 2015

Galgo corredor

Ha llovido desde que vimos en la ciudad de Azul, en medio de la Pampa argentina, un parque de figuras del Quijote formadas con chatarra, cables y hierros retorcidos. La presencia benefactora en aquel lugar de Bartolomé José Ronco (1881-1952), un coleccionista y bibliófilo que ha conseguido con el tiempo que la ciudad sea un punto de referencia mundial para los cervantistas, justificaba aquellas imponentes apariciones de don Quijote y Sancho en sus cabalgaduras y una Dulcinea férrea (subespecie austral de la donna petrosa petrarquista) de talante amenazador. Pero lo más sorprendente para nosotros es que se diera tanta preponderancia en aquel conjunto a la figura del «galgo corredor» que aparece en el primer párrafo de la novela, entre las pertenencias del hidalgo, para nunca más volverse a ver.

Y hoy, en la otra punta del mundo hemos topado por azar, y sin saber quién la plantó ahí, con la figura de otro don Quijote similar, todo hierros y hojalata desafiante, grande como un pino. Nos lo hemos cruzado en lo más profundo del corazón de Georgia, a medio camino entre Kutaisi y Tbilisi. Y también aquí la curiosa compañía de un perro (si no es galgo, será podenco) que nos mira con cierta desconfianza, impasible al lado de su amo, como si guardara un secreto.

Por un momento estamos tentados de pensar si no será uno de aquellos perros que, según Sancho, son metamorfosis de unos malandrines encantadores: los que transformaron primero a Dulcinea en labradora y que ahora, al final de la obra, ponen a la dama a los pies de don Quijote convertida en liebre —y a don Quijote, que ve todo esto como señales funestas, la broma no le hace ninguna gracia (II, 73)—. Qué lejos queda, en estas escenas últimas de la novela, el aposento de don Alonso Quijano lleno de libros obsesivos que prometían aventuras sin fin y donde, como imaginó Saturnino Calleja, el «galgo corredor» se permitía entrar a recordarle a su amo los placeres de la caza, ya para siempre postergados.